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IRLANDA

En Irlanda en verano son largos los días  y las lluvias no tan abundantes como en otras épocas. Eso nos hizo elegir agosto para visitarla. Y planificamos hacer la visita organizada y en grupo pues eso de conducir por la izquierda no me acaba de convencer.

Madrugón y llegada anticipada en el aeropuerto de Barcelona pues la huelga del personal de seguridad hacía temer largas esperas. Afortunadamente no fue así.

Con relativa puntualidad llegamos al aeropuerto de Dublín.

Con muchas horas de día por delante iniciamos un recorrido en bus por la ciudad.

Cruzando o dejando al lado los múltiples puentes dublineses sobre el río Liffey.

Como el puente Heuston.

O el Grattan desde donde se ve a unos pasos la cúpula azul que identifica el hotel Claridge propiedad del grupo U2

Nos íbamos familiarizando con Dublín.

Para irnos acercando a la zona de Temple Bar, probablemente el centro principal de la vida nocturna de la ciudad. A esa hora no había mucha gente.

Aunque la abundancia de bares, restauarnte y comercios alternativos hace que siempre esté frecuentada por locales y turistas.

Allí comimos para proseguir después nuestro recorrido urbano. Pasamos por la catedral anglicana Iglesia de Cristo.

Y por el arco que atraviesa la calle Fishamble.

 

Para acabar en el que probablemente sea el lugar más visitado de Dublín y quizás de toda Irlanda: la fábrica de cerveza Guinnes. Quizás sea una pena que esto sea así, pero es lo que hay.

La visita guíada entre el bullicio y el ruido constante de la multitud que invade todos los espacios, no permite entretenerse demasiado aprendiendo los procesos de elaboración, mucho más agradables de observar en muchas otras fábricas cerveceras de otros lugares.

Arthur Guinnes es casi objeto de culto. Equiparable y probablemente con más seguidores que un Alexander Fleming, Leonardo da Vinci o Cristóbal Colón.

Hasta se realiza un pequeño aprendizaje de cata.

Animales y muñecos usados publicitariamente completan la visita.

Y lógicamente lo que no puede faltar antes de irse es tomarse una pinta.

A continuación una vuelta por el parque Phoenix, el mayor de Irlanda y, según los irlandeses (a menudo muy chauvinistas) de toda Europa. Sin embargo es mayor la extensión de la Casa de Campo en Madrid y del parque Richmond en Londres.

Con buen tiempo los dublineses lo tienen como predilecto en sus paseos y en su enorme extensión habitan también gamos cada vez más familiarizados con la presencia humana.

Dentro del parque el monolito erigido en memoria del Duque de Wellington, el vencedor de Napoleón en Waterloo, es visible a gran distancia.

En otra zona del parque también sobresale la gran cruz de acero levantada con motivo de la visita del Papa Juan Pablo II en 1979.

Y al hotel a descansar.

Estaba situado a orillas del Gran Canal que atraviesa Dublín al sur del río Liffey

Las orillas del Gran Canal son también un plácido lugar de paseo y descanso, si el tiempo acompaña.

El canal es atravesado por puentes y pasarelas de todo tipo, para el tránsito rodado, para peatones o para el tranvía.

Por la mañana dejábamos Dublín, no sin antes dar una vuelta por algunas de sus calles.

Pudimos comprobar como el monumento a Wellington del parque Phoenix se ve desde muchos puntos.

El destino era el Irish National Stud, finca estatal dedicada a la cría y cuidados de caballos de carreras.

En el mismo lugar se encuentra un delicioso jardín japonés.

Antes de entrar en él jardín propiamente dicho, un espacio zen. Mi escasa afinidad con espíritus, poderes sobrenaturales y buceo en las más íntimas y profundas estancias de mi subconsciente me deben impedir captar las sutilezas y potencialidades de esos agrupamientos rocosos. ¡Qué le vamos a hacer!, sigo viendo únicamente piedras.

El jardín en sí está trazado como un camino que reproduce las etapas de la vida humana. Creo que tampoco acabé de entenderlo, pero el jardín es precioso y transmite sensaciones de paz y tranquilidad.

Las plantas son orientales.

Agua, piedras y vegetación forman un conjunto perfectamente integrado.

Las construcciones también te transportan a Japón

Camino y agua se interrelacionan constantemente.

 

Pese a no ser muy grande, algunos espacios parecen ser inmensos.

Tras el jardín visitamos las caballerizas. Hotel de lujo para caballos.

Y las amplias extensiones en las que cada semental goza de una inmensa parcela para él sólo, pues la competitividad entre ellos hace que no puedan compartir espacios.

Algunos sementales han sido muy populares y los visitantes aficionados al hipódromo los conocen.

Otros campos son para las yeguas y sus potrillos.

Y otros para los sementales ya jubilados de su actividad, que permanecen aquí con todas las comodidades hasta su muerte.

Toda la finca está muy cuidada y muestra todo tipo de atractivos.diversos puntos de interés. Árboles.

Curiosas obras artísticas.

Con especial atención a los niños, que suelen visitar el parque con frecuencia.

Algún caballo enano de las islas Shetland es también un atractivo para ellos.

En 1999 se añadieron al parque los jardines de San Fiacra, nombre de un ermitaño irlandés del siglo VI,

Tanto los jardines como la estatua del ermitaño  no sabes si te remontan a la Irlanda céltica o al Japón de los samurais.

Se han reproducido también clochanes, que son antiguas cabañas de piedra seca propias del sudoeste de Irlanda, que algunos suponen pudieron ser las antiguas celdas de los primeros eremitas.

Hacia mediodía dejábamos el Irish National Stud.

Y a comer. Comida irlandesa, la verdad es que hasta el momento quitando la abundancia de zanahorias y nabos, pocas sorpresas.

Y más kilómetros de autocar. Muchos prados y muchas vacas.

Ríos. El agua no es problema en la verde Irlanda.

Antiguas casonas con torreones.

Y parada en Adare, pequeña población dedicada prácticamente en exclusiva al turismo. Como en tantos otros pueblos irlandeses una iglesia neogótica y un gran crucero en piedra centran el núcleo.

En Adare varias casas están construidas al estilo tradicional con cubiertas de paja y albergan pequeños comercios dedicados al turismo.

No falta un bonito y gran jardín para solaz y paseo.

Las fachadas lucen vistosos colores como es habitual ver hoy en día en todas partes.

Proseguimos la ruta y … más vacas.

Finalmente llegamos a Killarney.

Allí nos esperaba el hotel, que debió tener su época gloriosa.

Después de cenar, un paseo por la población. En el centro la iglesia de Santa María.

Y un par de calles con pubs y comercios abiertos hasta bastante tarde como prueba de lo turístico de la población.

Por la mañana dejamos Killarney.

Pasando por su catedral de Santa María.

Los campos verdes de acompañamiento.

Y en vez de vacas, muchas ovejas.

La primera parada en la playa de Inch, paraiso para los amantes del surf.

Seguimos entre prados ganaderos.

En una zona con más ovejas.

En las zonas más escarpadas, márgenes y ribazos, abundancia de flores.

Brezo.

Fucsias, varas de San José y otras flores en una variada policromía.

Cruzamos Dingle y proseguimos. Más ovejas.

Más flores.

Algún clochán disperso. Los clochanes son cabañas de piedra seca, muy frecuentes en el litoral del sudoeste de Irlanda. Aunque su origen pudiera ser muy antiguo, no parece que los actuales que han sobrevivido puedan fecharse más allá de la Baja Edad Media.

En un recodo de la estrecha y sinuosa carretera que va de Dindle a Dunkin aparece Slea Head, lugar donde se levanta un crucero. Por aquí naufragaron barcos componentes de la Armada Invencible.

La carretera sigue siendo estrecha no permitiendo en algunos lugares el cruce de vehículos.

Los paisajes son increibles y se dispone de buenas vistas sobre las islas Blasket, que estuvieron habitadas hasta 1953.

Y seguían acompañándonos flores y ovejas.

Una última parada en Clogher Strand. Con un día espléndido para lo que es habitual en la zona.

Y regreso a Dingle, pueblo turistico con poco más atractivo que sus tiendas y restaurantes.

En la parte más elevada del pueblo, la iglesia neogótica.

Antes de comer aún dio tiempo para un helado en un local de la cadena Murphy, originaria de Dingle, pero que se ha ido extendiendo a la vez que su fama.

Después de comer regresamoa a Killarney atravesando los mismos paisajes que por la mañana.

En Killarney visitamos la catedral de Santa María de mediados del siglo XIX, obra del afamado arquitecto británico Augustus Welby Pugin.

El interior aparece como descarnado debido a que en una reforma de 1973 se le quitó el yeso que recubría sus muros.

Son interesantes algunas de sus vidrieras.

Después un paseo en calesa por el extenso parque nacional de Killarney.

Grandes paseos boscosos e inmensos prados cerrados a los vehículos de motor hacen las delicias del caminante o ciclista

Abundan los arroyos que desembocan en alguno de los tres lagos del parque.

Pronto se llega al primero y más grande de ellos.

El castillo de Ross del siglo XV se alza en sus orillas.

En el parque la fauna se mueve a sus anchas como los patos en este canal que desemboca en el lago.

Estos pequeños canales también son recorridos en pequeñas barcas.

Dejamos el lago para regresar a la ciudad.

Aún tuvimos oportunidad de ver algunos ciervos.

Y ya bastaba. El día había sido largo.

El siguiente seguíamos por el oeste irlandés. Prados y vacas.

Pasamos de nuevo por Adarne, donde hicimos una breve parada.

De tanto en tanto se divisaba algún antiguo torreón.

Y pronto llegábamos al castillo de Bunratty.

El castillo del siglo XV, bien conservado, se ha convertido en un lugar para cenas y espectáculos de tipo medieval. Incluso las visitas normales son teatralizadas.

Muestra algunas curiosidades como esta Sheela na Gig de desconocido origen incrustada en un muro. Las Sheela na Gig son seres femeninos de exagerada vulva que se encuentran en diversos lugares de Irlanda y también de Inglaterra. hay quienes las interpretan como representaciones de antiguas diosas de la fertilidadd, otros como avisos medievales contra la lujuria. Lo que sí parece claro por los lugares donde aparecen: castillos, iglesias, casonas, …, frecuentemente cerca de puertas o ventanas, es que su función sería apotropaica, para proteger los edificios del mal.

Algunas salas del castillo contienen mobiliario de época.

Otras, poco visitadas y escondidas en cualquier rincón, lo que muestran es su utilidad.

En los antiguos castillos había agujeros para espiar lo que ocurría en otra sala. Hoy conviven con artilugios modernos con la misma función.

Junto al castillo ha sido reconstruido un pueblo irlandés de principios del siglo XX.

Las casas de estilo tradicional están amuebladas.

Dentro de ellas podemos ver personajes de carne y hueso caracterizados realizando las tareas tradicionales como estas mujeres haciendo pasteles de manzana.

O el dentista preparando sus utensilios.

La escuela, aunque vacía, recuerda también esos tiempos.

La gente sale de sus casas como en aquel entonces.

La tienda.

La oficina de correos.

Conviven con los ajetreados turistas modernos ávidos de verlo todo.

Hasta una carreta con su cabra recuerda a los “travellers”. En Irlanda son éstos un grupo étnico diferenciado, que viven como nómadas y han desarrollado un dialecto, unas costumbres y una forma de vivir propias.  se les denomina también “chatarreros”. Sus hábitos parecidos a los de los gitanos hace que haya quienes les confundan, pero no tienen nada que ver ni en rasgos físicos, ni en origen, ni en lengua, ni en tradiciones.

El pueblo tiene también su iglesia.

Y sus corrales, establos y pocilgas con animales.

Por la tarde hacia los acantilados de Moher. Durante la ruta, prados y vacas.

Ríos y pueblecitos pintorescos.

Y campos de golf, abundantísimos en Irlanda.

Los acantilados de Moher, uno de los más espectaculares paisajes de todo el país.

Se desploman sobre el mar desde alturas que llegan a alcanzar los cuatrocientos metros.

En primer lugar se asciende hacia la torre O’Brian.

Desde lo alto de la torre la vista puede dirigirse en todas direcciones.

Hacai el norte puede prolongarse el paseo para obtener nuevas perspectivas de los acantilados.

Conforme cambia la luz del día se van modificando también los colores de plantas y rocas.

Pese a haber muchos turistas, la inmensidad del paisaje no da sensación de agobio.  A ello también ayudan las vacas que pacen por allí.

Dejamos los acantilados y, pasando por pequeñas aldeas, nos aproximamos a un embarcadero.

Para tomar una barca que nos permitiría una visión distinta de los acantilados.

El mar andaba un poquito agitado.

Las vistas son desde luego impresionantes y distintas. Aunque para bastantes de los embarcados lo que resultó diferente y desde luego impresionante fue el mareo.

Tras la experiencia, mejor o peor según el estado de cada cual, nos dirigimos al hotel situado en la pequeña localidad de Lisdoonvarna.

Recuperada prácticamente la totalidad del pasaje, por la mañana seguíamos hacia el parque nacional de Connemara.

Entre castillos.

Y prados con ganado.

Atravesamos Galway lloviendo. Bajo el agua vislumbramos su catedral.

Realizamos una breve parada muy cerca de los parajes donde se rodó “El Hombre Tranquilo” de John Ford.

En la cafetería donde nos detuvimos pudimos ver preparar un “café irlandés”.

La lluvia había desaparecido mientras pasábamos por paisajes donde el verde y el agua son dominantes.

La primera visita del día fue la abadía de Kylemore. Se trata de un castillo neogótico construido por un potentado inglés para su esposa en la segunda mitad del siglo XIX. Más tarde fue abadía y finalmente colegio privado.

En el lago adjunto se refleja el castillo.

Alguna sala del edificio ha sido acondicionada para visitas.

Algo alejada está la iglesia.

Y el mausoleo de la primera dueña.

Todo ello en un marco de exuberante verdor.

Parada a comer y proseguimos nuestra ruta por el parque nacional.

Lagos.

Ríos.

Montes y valles con ganado.

Pequeños pueblos.

Finalmente parada en Sligo donde pudimos estirar las piernas, que falta hacía.

A la salida un cementerio irlandés con sus muchas cruces célticas.

Y en un paraje tranquilo el hotel. No apetecía demasiado salir, más en un día donde eran frecuentes los chaparrones.

Seguíamos en la isla de Irlanda, pero tocaba pasar a la parte del Ulster perteneciente al Reino Unido. Hacia allí íbamos.

Tras los acuerdos de paz la frontera ha desaparecido. Pequeños fragmentos de muro recuerdan su ubicación.

Los prados y vacas siguen siendo iguales a ambos lados de la antigua línea fronteriza.

Únicamante las banderas británicas y del Ulster, que abundan en las zonas de mayoría protestante, nos indican que estamos en otro país.

Y llegamos a lo que probablemente es el mayor atractivo de toda la isla, la Calzada del Gigante, patrimonio de la humanidad desde 1986.

Se trata de un conjunto de columnas basálticas procedentes del enfriamiento rápido de la lava de un volcán, hecho ocurrido hace unos sesenta millones de años. El basalto en las erupciones suele enfriarse formando prismas hexagonales, que al ser de material más resistente que los que los recubren quedan después al descubierto.

Se puede llegar al afloramiento principal en pequeños autobuses-lanzadera eléctricos, pero vale la pena darse el paseo a pie, pues se pasa por una caleta maravillosa.

Y por otra más pedregosa, pero no menos espectacular.

Una multitud de turistas invade las columnas basálticas.

Pero en cualquier rincón los hexágonos con la hierba y el agua forman bellas composiciones.

Un estrecho paso da a un sendero que se encarama por los acantilados. Al inciio de éste hay un conjunto de columnas conocido como “El Órgano”

Conforme te alejas de él disminuye extraordinariamente el número de turistas.

Las vistas hacia ambos lados siguen valiendo la pena.

“El Órgano” visto desde lejos forma una curiosa muralla.

Junto al sendero hay también otros grupos de columnas basálticas.

El paseo en suave subida es muy agradable.

Lástima que al final unos desprendimientos han cortado el camino y no puede irse más allá. El regreso es igual de interesante.

Con más columnas.

Hasta llegar a la parada de la lanzadera.

No lo tomamos pues sigue valiendo la pena el paseo.

Arriba, al principio, está el Centro de Visitantes, que no tiene otro interés que sacar algunos dinerillos extra al turista.

Aunque las vistas hacia el lado opuesto a la Calzada siguen siendo buenas.

Comimos junto al centro de visitantes. No lo recomiendo pues tardaron horas en servirnos.

De la Calzada a Belfast. Ciudad que combina lo clásico y lo moderno.

Dejamos el equipaje en el hotel y con el bus dimos una vuelta. Pasamos por la Universidad.

Nos detuvimos a ver los murales que recuerdan los años de lucha. Aunque hoy en día aparenten ser sólo una curiosidad para turistas, a mí me dio la sensación de que el conflicto no está superado.

Aún perduran las vallas y alambradas que separaban (¿separan?) los barrios protestantes y católicos.

Los clubs deportivos son una buena ocasión para exhibir banderas y con ellas las preferencias religioso-políticas.

Fuimos a echar un vistazo al Museo del Titánic, que acabará siendo lo más visitado de Belfast tal como la fábrica Guinnes lo es en Dublín.

Regreso al centro.

Y parada en el Ayuntamiento.

Desde allí un paseo.

Entrada al centro comercial Victoria Square, ya prácticamente vacío.

Y fuimos regresando hacia el hotel. Pasamos por el Crown Bar, popular pub con una restaurada decoración victoriana.

La caminata hasta el hotel unida a la que habíamos hecho por la mañana en la Calzada del Gigante nos ayudaron a finalizar bien el día, tras unas jornadas en que el protagonista había sido el autobús.

Se acababa el viaje y volvimos a entrar en la República de Irlanda. Nos dirigíamos al condado de Wicklow, considerado el jardín de Irlanda, que ya es decir en un país tan verde.

Atravesamos campos de cultivo.

Y campos de golf.

Hasta llegar a Powerscout Estate. La entrada al recinto hubo que hacerla por una puerta no más de cinco centímetros más ancha que le autocar. Gracias a la pericia del conductor, que no a las indicaciones de los improvisados urbanos, la pasamos.

Powerscout Estate es una gran mansión cuyas dependencias se han transformado mayoritariamente en tiendas de artesanía y productos tradcionales.

Más interesantes son los grandes y espléndidos jardines.

Pasear por ellos es un auténtico placer.

Un cementerio de mascotas atrae la atención de los visitantes. No sé si se hacen funerales o rogativas para indulgencias, pero en el mundo que vivimos tampoco me extrañaría.

Pequeños lagos y fuentes se insertan entre multitud de plantas, muchas de ellas exóticas.

Al salir comimos muy cerquita y fuimos hacia Glendalough.

Glendalough es un monasterio fundado por San Kevin en el siglo VI en un paraje boscoso junto a dos lagos. San Kevin en principio eligió para vivir como ermitaño una cueva junto al lago superior. Poco a poco la fama de santidad de San Kevin hizo que alrededor se formará una pequeña comunidad que posteriormente dio lugar al monasterio. Éste alcanzó su máximo esplendor en los siglos XI y XII. Saqueado varias veces por los vikingos y asolado por los ingleses en 1398, inició una fuerte decadencia estando en el siglo XVII todos los edificios en ruinas. A finales del siglo XIX algunos fueron restaurados.

Se accede al recinto a través de una portada de doble arco.

Han desaparecido las murallas que rodeaban el conjunto y el interior fue usado hasta tiempos recientes como cementerio. Sobre las lápidas y cruces se yergue la torre redonda, que fue torre de guardia, refugio y campanario.

Entre las cruces son mayoritarias las célticas.

La puerta de la torre, como es habitual en todas las torres medievales se abre a considerable distancia del suelo y únicamente era accesible con escaleras de cuerda o madera que podían retirar en cualquier momento desde el interior. La cubierta cónica es fruto de la restauración de 1876

En ruinas se encuentra la catedral, el edificio mayor del conjunto.

Edificada básicamente en el siglo XII contaba con una de las naves centrales mayores de Irlanda.

Cerca está la llamaada cruz de San Kevin, probablemente del siglo IX y que seún la tradción quien consigue abrazarla por entero vuelve a Glendalough. ¡A ver si hay suerte!

Entre la torre y la catedral está la denominada casa del Prior, que, al parecer, tuvo funciones funerarias.

Algon más lejos se ve la iglesia de Santa María, uno de los edificios más antiguos del conjunto y que se cree que pudo ser de uso exclusivo de mujeres y monjas.

Descendiendo hacía el río está la cocina de San Kevin.

Esta construcción se denomina así porque su torre-campanario parece una chimenea.

Un corto trayecto acerca hacia los lagos en cuya proximidad hubo los asentamientos primitivos.

El grupo a orillas del lago.

Y a Dublín.

Amaneció el último día, pero como el vuelo no salía hasta bien avanzada la tarde proseguimos la visita a Dublín.

Primero en bus pasando por diversos lugares del centro.

El antiguo Parlamento, hoy Banco de Irlanda.

O la catedral de la Santísima Trinidad.

Paramos para visitar San Patricio. Del edificio medieval no queda nada y la obra actual data de la segunda mitad del XIX.

Jonathan Swift, el autor de Los Viajes de Gulliver fue deán de esta catedral y en ella está enterrado. Su epitafio y una vitrina con objetos personales le recuerdan.

De San Patricio al Trinity College, la gran universidad irlandesa.

Y allí a -para mí- una de las visitas más esperadas, la Vieja Biblioteca.

Su gran galería del primer piso con más de doscientos mil libros antiguos produce una sensación extraordianria y hace soñar con poderlos manejar, abrir y contemplar a tu antojo.

Y en la planta baja se pueden ver los grandes manuscritos medievales irlandeses, aunque sólo sea una página de cada uno y entre mucha gente, es una inigualable experiencia. Tener el Libro de Durrow, el de Dimma, el de Armagh y especialmente el de Kells ante tus ojos justifica el viaje a Irlanda.

Lógicamente no se pueden fotografiar, pero no puedo dejar de añadir aquí una foto del Libro de Kells, extraida del volumen que compré.

Después de comer aún quedaba tiempo para las últimas compras, pero me pareció que otra forma de aprovechar el tiempo era dirigirse hacia Temple Bar, ya que estábamos muy cerca.

Y allí como despedida tomar una cerveza en el bar que da nombre al barrio.

Y al aeropuerto. De vuelta a casa, pero con ganas de regresar a Dublín.

 

 

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