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SEVILLA

Diciembre es época aconsejable para buscar tierras más cálidas. Y elegimos Sevilla para unos días.

Dormimos ya en Lérida para coger de buena mañana el AVE.

Aún con algo de retraso en menos de cinca horas estábamos en la estación de Santa Justa de Sevilla.

Al hotel no se le podía pedir más. Empezábamos bien.

A comer, que en las cercanías teníamos sitios bien recomendables, y a tomar contacto con la ciudad.

A unos pasos, Las Setas. Este es el nombre que recibe  el proyecto «Metropol Parasol», del arquitecto berlinés Jürgen Mayer, realizado entre 2005 y 2011. Una gran estructura de madera laminada cubre un gran espacio arqueológico y comercial. Desde el nivel superior formado por paseos ondulados y un mirador se disfruta de excelentes vistas de la ciudad.

Por la popular calle Sierpes nos dirigimos hacia la zona monumental.

La plaza San Francisco mostraba toda la decoración navideña. 

Al igual que la avenida de la Constitución.

Y llegamos a la parada obligatoria, cómo no, la Giralda.

Era temprano y aún estaban semivacías sus plazas adyacentes, siempre llenas de vida.

Plaza Virgen de los Reyes.

Y la plaza del Triunfo.

En las calles cercanas estaba instalada la Feria del Belén.

Seguimos por la plaza del Cabildo, ya anocheciendo.

Y dimos un buen paseo por las calles más intensamente iluminadas.

Con parada también en la Giralda, que de noche es otra.

Cena y descanso.

El lunes, día de museos cerrados, decidimos empezar por los Reales Alcázares.

Para acercarnos a la zona monumental elegimos un itinerario distinto al día anterior, pasando por la plaza Alfalfa.

Y otras  encantadoras calles y plazoletas sevillanas.

Otra parada en la catedral, Giralda y aledaños

Y a entrar en los Alcázares por la puerta del León.

Tras ella, el patio del León.

Dejamos los palacios para luego e iniciamos la visita por la Casa de Contratación.

Su capilla.

La colección de cerámica que alberga.

Desde la planta superior se tiene una buena vista del palacio del rey Don Pedro.

Continuamos por sus patios.

Y salimos a los jardines.

Desde ellos se accede a dependencias semisubterráneas como los llamados baños de Doña María de Padilla. De origen almohade, fueron reformados en época de Alfonso X y deben su nombre a que fueron utilizados por María de Padilla, amante de Pedro I el Cruel, que la hizo proclamar reina después de su muerte.

Seguimos por los jardines.

Salpicados de pequeñas construcciones como el pabellón de Carlos V.

Algunos pavos reales acaban de dar la nota de color.

Por la puerta de Marchena volvimos al interior.

Desde la galería superior las vistas de los jardines son tal vez las mejores.

También las de los patios.

Al tiempo que se pueden contemplar capiteles califales reaprovechados.

Descendimos hacia el patio de la Alcubilla, que en tiempos fue la primera pista de tenis de España.

Entramos en el palacio gótico con su sala de tapices.

Para pasar al palacio del rey Don Pedro, construido entre 1356 y 1366, que se aleja del estilo europeo de la época para seguir modelos andalusíes. 

Yeserías, mocárabes, azulejos, puertas, ventanas y artesonados son muestra de lo mejor del mudéjar hispano.

Lo más lujoso del palacio es el salón de Embajadores al que se accede a través de arcos de herradura.

Su cúpula sigue el modelo de media naranja y fue realizada por Diego Ruiz en 1427.

El centro de la construcción es el patio de las Doncellas.

Finaliza la visita saliendo por el Patio de Banderas.

Hacia el este se extiende el barrio de Santa Cruz, donde es una delicia perderse por sus callejuelas. 

Aún era pronto y atravesando los jardines de Murillo

llegamos hasta la plaza España. Fue realizada para la Exposición Iberoamericana de 1929 y fue su autor Aníbal González, el maestro de la arquitectura sevillana.

La plaza animada como siempre.

Regresamos al centro pasando otra vez por el barrio de Santa Cruz.

Donde paramos a comer en uno de sus locales más tradicionales.

La tarde la dedicamos a pasear tranquilamente.

Ya anochecido fuimos hacia el Guadalquivir.

Por el camino entramos en un par de iglesias donde siempre es visible la peculiar devoción sevillana. Como ejemplo la inmensa cantidad de velas encendidas a San Judas Tadeo, a la entrada de la iglesia de San Antonio Abad.

Llegamos a la Estación de Autobuses y al puente del Cristo de la Expiración. Y desde allí al puente de Triana, con parada en el Mercado Lonja del Barranco, amplia y surtida oferta gastronómica.

Desde el puente, aguas arriba y aguas abajo, buenas vistas de Sevilla de noche.

Regresamos hacia la zona comercial.

Y hacia el hotel. No sin una paradita en sus cercanías para tomar una caña -de Cruzcampo, naturalmente- en El Tremendo.

Y cena en El Rinconcillo, el bar más antiguo de Sevilla, de 1670.

El día siguiente madrugamos. Da gusto pasear por Sevilla también a las horas que hay poca gente en las calles.

Así estaba la plaza del Salvador.

O la de San Francisco

En los aledaños de la catedral ya estaban preparados caballos y carretas.

Continuamos el paseo.

Pasando por la antigua Fábrica de Tabacos, hoy Universidad.

Hasta la plaza España.


Y el parque de María Luisa, que tuvimos que cruzar entero.

Hasta el Museo de Artes y Costumbres populares.

Y el Arqueológico, que era nuestro objetivo.

No demasiado visitado, pero su contenido no defrauda en absoluto.

De época prehistórica encontramos desde una extraordinaria colección de ídolos-placa del tercer milenio a. C.

O un grupo de pinchos para asar carne del Bronce Final.

Los idolillos ibéricos, en este caso de bronce, son abundantes.

Leones ibéricos con función apotropaica, de entre los siglos III y I a. C.,  hay bastantes y de notable calidad.

También ibérica y de la misma época es esta cierva amamantando a su cría.

Los restos romanos, la mayoría originarios de Itálica, son extraordinarios. Mosaicos. 

Esculturas como esta Diana cazadora.

Muy curiosas son las tablillas de bronce en las que se halla inscrita la Lex Irnitana, de finales del siglo I, propia de un municipio cercano a Sevilla y que como todas las leyes romanas que debían regir la vida municipal contiene artículos que regulan temas electorales, delitos como la prevaricación, dietas de cargos públicos, derechos civiles …,  que sorprenden por su modernidad 

En unas salas que están siendo acondicionadas destaca la copia del tesoro de El Carambolo, hallado en Camas, población a las afueras de Sevilla. Para algunos la mejor muestra de la cultura tartésica, aunque la arqueología se decanta por considerar las piezas propias del ajuar de animales sacrificados a los dioses fenicios Baal y Astarté.

Luego a la catedral.

La catedral de Sevilla es obra de estilo gótico fundamentalmente del siglo XV, aunque en los siglos posteriores ha seguido teniendo añadidos y modificaciones. Ocupa el lugar de la mezquita almohade de finales del siglo XII.

La Giralda es el nombre que recibe el campanario, antiguo alminar almohade, cuyo cuerpo superior se añadió en el siglo XVI cobrando el aspecto actual.

Se accede a la catedral por el sur, donde está la puerta de San Cristóbal, frente a la cual hay una reproducción de El Giraldillo, nombre popular que recibe la escultura que corona la Giralda y que al ser giratoria dio su nombre a toda la torre.

Las cinco naves, las capillas, sacristías y otras dependencias albergan un sinfin de obras de arte, imposibles de enumerar.

Las bóvedas son extraordinarias.

Sostenidas por bosques de columnas.

En la nave sur se halla el sepulcro de Colón. Aquí reposa el descubridor tras haber peregrinado sus restos por medio mundo en esa pasión por la necrofilia tan hispánica.

La sacristía mayor es una obra renacentista, que alberga algunos de los principales tesoros de la catedral.

Como la custodia de Juan de Arfe.

A su lado está la sala capitular. De planta elíptica, su bóveda es la primera que se realizó en España con esa forma.

El Retablo Mayor fue diseñado por Pedro Dancart en 1482, no finalizando totalmente hasta 1564. Es considerado el mayor del mundo cristiano.

Frente al altar mayor está el coro con sillería gótico-mudéjar.

Una de las imágenes más populares de la catedral sevillana es la Inmaculada de Juan Martínez Montañés conocida como “La Cieguecita”.

De entre las vidrieras destaco la de las Santas Justa y Rufina, barroca, no por su valor artístico sino por la gran devoción que tienen ambas santas en la ciudad.

Quedaba subir a la Giralda y a eso fuimos. Treinta y cinco rampas, que permitían subir a caballo, y unos pocos escalones para acceder al cuerpo de campanas no son demasiado para el espectáculo que ofrecen las vistas sobre la ciudad.

Salimos por el patio de los Naranjos.

Y la puerta del Perdón.

Comimos en un bar cercano que había sido un comercio de antigüedades. La decoración mezclando fotos antiguas y litografías de Klimt muy agradable, pero sobre todo con unas ménsulas de madera sosteniendo las vigas muy peculiares.

Por la tarde visita a la iglesia del Salvador, de estructura y contenido fundamentalmente barrocos.

Paseo y cena en plan de tapas en la plaza Alfalfa.

Un día más. Nos quedaba el museo de Bellas Artes, en el que nunca antes habíamos estado.

Está ubicado en lo que fue sede del convento de la Orden de la Merced hasta la desamortización y  Es ubna de las más importantes pinacotecas españolas. 

Zurbarán es un autor notablemente representado. Aquí su “San Gregorio Magno”

Hay también muchas obras de autores no muy conocidos fuera del ámbito sevillano, pero algunas de cuyas obras son un excelente recordatorio de la Sevilla de otros tiempos. Este es el caso del conjunto de ocho lienzos de Domingo Martínez representando “la Gran Mascarada”, desfile de carrozas celebrado en Sevilla en junio de 1747 con motivo de la subida al trono de España de los reyes Fernando VI y Bárbara de Braganza. Aquí uno de ellos.

Para no extenderme demasiado paso a colocar unas pocas fotos de aquellos cuadros (y esculturas) que más me impresionaron.

Trampantojo de Diego Bejarano, pintor del XVIII

Retrato de Gustavo Adolfo Bécquer, obra de su hermano Valeriano.

Me sorprendió el pintor costumbrista José García Ramos, al que no conocía en absoluto. Aquí dos obras suyas: “Malvaloca”.

Y “Hasta verte, Cristo mío”

“La muerte del maestro” de José Villegas Cordero. Esta obra ya alcanzó una alta cotización en su época y fue reelaborada durante años por el autor.

No hay muchas esculturas en el museo, pero las que hay merecen la pena. “San Juanito dormido” de Carmen Jiménez, 1948. La pintora y escultora Carmen Jiménez es una muestra de como siendo mujer y en una época difícil para todos se puede llegar a triunfar si se tiene el talento y el tesón necesarios.

También hay obras de Zuloaga. “Retrato del pintor Uranga”.

De Valdés Leal. “San Ignacio en la cueva de Manresa”. 

De Ribera. “Santa Teresa de Jesús”.

O de Murillo. “La estigmatización de San Francisco”. Aunque las obras principales de este pintor se estaban exhibiendo en la Exposición dedicada a su IV centenario, a la que estaban reservadas unas salas del museo.

Una escultura relevante es “La Dolorosa” de Pedro de Mena.

Aunque pocas también hay obras de maestros extranjeros como “El Paraíso Terrenal” de Jan Brueghel, el Joven.

Como he ya he dicho había una muestra dedicada a Murillo. Naturalmente,  dada la gran afluencia de público, no se podían hacer fotografías en ella, pero era una ocasión única para descubrir un Murillo distinto, trabajando no sólo sobre lienzo y con temáticas no exclusivamente religiosas, a través de obras procedentes de colecciones particulares y museos de lugares tan dispares como Houston, Dublín, Dresde o Parma, además de las procedentes de los grandes museos más conocidos.

Anuncio de la Exposición.

Como estábamos cerca, al salir nos dirigimos hacia el Gualdalquivir, pasando por la Estación de Autobuses.

Y el Mercado Lonja del Barranco.

Cruzamos por su puente hacia Triana.

Y allí parada en su surtido y colorido mercado.

Entramos en Triana por la animada calle San Jacinto.

Y nos perdimos un rato por otras calles donde cualquier sitio merece una mirada. La devoción popular impregna las paredes y hasta el nombre de las vías.

Acabamos en la iglesia de Santa Ana, la llamada catedral de Triana.

Nuestra visita era fundamentalmente motivada para contemplar el grupo de Santa Ana Triple que preside el Retablo Mayor.

A la salida nos quedamos a comer enfrente, en Bodega Siglo XVIII.

Agradable local, buen comer y simpático servicio.

Regreso hacia Sevilla -como dicen en Triana- por el Guadalquivir con la Torre del Oro, símbolo sevillano por excelencia, aguardándonos al otro lado.

Tras cruzar nos acercamos a admirarla de cerca. Fue pieza clave en el sistema defensivo de la ciudad musulmana. Su primer cuerpo, dodecagonal, es obra almohade de principios del siglo XIII. Más tarde el rey Pedro I hizo construir el segundo, también dodecagonal, y en 1760, tras el terremoto de Lisboa, se le añadió el cuerpo superior cilíndrico y la cúpula dorada.

Actualmente se usa como sede del Museo Naval.

Pasamos por la Maestranza.

Y paseamos por el barrio del Arenal, cosa que aún no habíamos hecho.

Nos sentamos a tomar un helado y esperamos que anocheciese para subir a las Setas y contemplar Sevilla de noche.

La experiencia vale la pena.

Y llegó el último día completo en Sevilla. El objetivo aquellos lugares sevillanos más vinculados a las tradiciones y a la devoción popular.

Empezamos por la iglesia de San Marcos, gótico-mudéjar como tantas otras de la ciudad.

En cualquier zona del casco antiguo se disfruta de las calles.

Siguiente parada la calle Feria y su mercadillo de antigüedades del jueves.

Otra iglesia, la de Todos los Santos. Algunos consideran su portada de origen fernandino con lo que sería de las más antiguas de la ciudad, sin embargo la mayoría la fechan a finales del XV como el resto de la edificación. La mayor parte de su contenido artístico fue destruido al incendiarla en 1936.

Y a la basílica de la Macarena. 

Presidida por la imagen que más emotividad suscita en la Semana Santa sevillana.  

Se trata de una talla del siglo XVII venerada bajo la advocación de María Santísima de la Esperanza Macarena Coronada. Su culto es popular no solo en muchos lugares de España sino de toda Europa y América.

Junto a la Macarena se conserva un largo fragmento de la muralla almohade de la ciudad.

Continuamos el paseo en dirección al río. Nos llamó la atención la torre de los Perdigones, lo único que queda de la antigua fábrica transformada en parque público. 

No cruzamos el puente de la Barqueta pues no hace muchos tiempo habíamos estado en Isla Mágica y preferíamos la Sevilla más auténtica.

Por cuyas calles nos acercamos a San Lorenzo y la basílica del Jesús del Gran Poder

san Lorenxzzo estaba cerrad. No así la basílica.

En esta moderna iglesia, bajo la bóveda clasicista, se manifiesta la devoción a la talla barroca del Jesús del Gran Poder.

Más calles sevillanas.

Y al palacio de las Dueñas, lugar donde nació Antonio Machado.

Una placa recuerda el hecho. Lo que fue completado posteriormente con un controvertido monumento dedicado al poeta.

Otra iglesia, San Román, que fue sede anteriormente de la Hermandad de los Gitanos.

Y a la iglesia del Valle, su actual sede.

El nazareno Cristo de los Gitanos preside la iglesia.

Y en lugar preferente la imagen de Ceferino Jiménez Malla, el Pelé, primer gitano beatificado. 

Aún otra iglesia, la de Santa Catalina, que teníamos al lado del hotel.

Después de comer, más calles sevillanas, ahora en dirección opuesta a la de la mañana. 

Con la catedral y Giralda nos topamos inevitablemente.

Y entramos de nuevo en el barrio de Santa Cruz.

Nos hizo gracia detenernos ante la Hostería del Laurel, no por Don Juan Tenorio, sino porque hacía más de cuarenta años que habíamos comido allí, cuando en el barrio había muchos menos negocios hosteleros que ahora.

Se empezaron a encender las luces y seguimos por el barrio.

En la plaza de las Cruces ya había anochecido por completo.

En Santa María la Blanca nos despedimos de la zona.

De allí a la plaza San Francisco, donde cada tarde las coronas de los Reyes que adornan la Navidad muestran sus juegos de luces.

Por Sierpes a cenar y hacia el hotel.

Y el día siguiente, despedida y cierre. Almuerzo en Santa Justa y a casa.

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