Ávila-Sepúlveda

Otra escapadita, sin atrevernos todavía a pasar los los Pirineos.

Hacia años que no estábamos en Ávila y hacia ahí nos fuimos, pero como para disfrutar de los viajes hay que tomarlos con calma decidimos dedicar el día a la visita a la -para nosotros, bastante conocida- villa de San Esteban de Gormaz y pernoctar allí.

Antes de comer nos dirigimos a Nuestra Señora del Rivero, una de las dos iglesias románicas porticadas con que cuenta la población. Nuestra Señora del Rivero es la patrona de la población y se festejaba ese día, pero con lo de las «No Fiestas» poco movimiento había.

Estaba abierta, pues este año tanto esta como San Miguel forman parte de un programa de apertura de iglesias durante la temporada de verano en la provincia de Soria.

Hay que entrar en la iglesia a través de su galería porticada.

Los capiteles, algunos bastantes erosionados, muestran motivos tradicionales en el románico como la sirena de doble cola y hexafolias en los cimacios.

La portada abierta en el muro sur es de tres arquivoltas, con decoración en la que prima el sogueado. En sus capiteles referencias al pecado como en el mono con una soga al cuello que aparece en uno de ellos, y que tantas veces se repite en el románico.

El interior con las bóvedas muy reformadas en el siglo XVII, recuerda su origen románico en los muros laterales y el presbiterio.

Hay pinturas góticas en la cabecera y en la nave como este Calvario gótico en el muro del evangelio.


Recientemente se ha puesto al descubierto la parte norte del ábside, que puede contemplarse a través de la sacristía.

Es de destacar el artesonado mudéjar del coro, de 1558.

Exteriormente solo es visible un fragmento del sur del ábside.

Desde la cabecera hay buenas vistas sobre el castillo y San Miguel.

Descendiendo de Nuestra Señora paseamos por la calle Mayor y sus porches.

Con parada en la plaza.

Y viendo los restos de las antiguas murallas.

Y portales que cerraban la villa.

Comimos tranquilamente, descansamos un rato y hacia San Miguel.

Que nos recibía con su galería porticada y el entorno acondicionado desde nuestra última visita.

Los capiteles están, como en Ntra. Sra. del Rivero, erosionados, así como muchos de los canecillos del pórtico y de la nave.

El ábside tiene la ventana central esculpida y el alero sostenido por canecillos, muchos de ellos figurativos.

La torre es aún románica en su base.

La portada formada por tres arquivoltas tiene los capiteles esculpidos.

El interior conserva en el presbiterio pinturas tardogóticas.

Y alberga la imagen de la llamada Virgen del Castillo, porque allí la encontraron.

Emprendimos la subida hacia el castillo, pasando por las numerosas bodegas.

Algunas con inverosímiles accesos.

Del que fue importante castillo en la línea fronteriza del Duero se mantiene en pie un largo lienzo de su muro occidental.

De sus aledaños hay buenas vistas sobre la población.

Y también se divisan palomares, que son parte del paisaje castellano-leonés.

Al bajar, parada en Nuestra Señora del Rivero.

Par contemplar la galería pórticada con sol de tarde. Una visión completamente distinta de la matinal.

Por la calle Mayor nos detuvimos contemplando la gran cantidad de lápidas romanas que hay usadas como dinteles o simplemente empotradas en los muros de algunas casas.

La Plaza Mayor bastante animada con la juventud medio celebrando las «No Fiestas».

La hora de la cena la esperamos tomando una cerveza mientras veíamos la puesta de sol junto al puente sobre el Duero.

De San Esteban a Ávila. Pese a que nuestra llegada fue temprana en el hotel nos dieron inmediatamente habitación y pudimos aprovechar la mañana.

Nuestra primera visita al monasterio de Santo Tomás. Fue fundado por Hernán Núñez de Arnalte, tesorero de los Reyes Católicos, para que fuese convento de los dominicos en la ciudad. Fue sede del Tribunal de la Inquisición y aquí pasó sus últimos años Tomás de Torquemada. Los Reyes Católicos lo favorecieron y usaron como residencia de verano.

La iglesia es un gran ejemplo del gótico flamígero.

De entre su rico contenido destacan el Retablo Mayor, obra de Pedro Berruguete,

y el sepulcro del Príncipe Juan, primogénito de los Reyes Católicos, fallecido a los diecinueve años.

El monasterio tiene tres claustros.

Claustro del Noviciado

De Santo Tomás a emprender la cuesta hasta el centro. Lo primero con que topamos fue con los ábsides de la iglesia románica de San Pedro.

Su fachada principal se abre a la plaza del Mercado Grande.

Se entra por la portada sur.

En su interior el apuntamiento de las bóvedas ya denota el nuevo lenguaje gótico.

Frente a la iglesia teníamos las murallas y la puerta del Alcázar.

Pero seguimos hacia el norte por la calle San Segundo, bordeamos el ábside de la catedral (conocido popularmente como el Cimorro), que forma parte de la muralla y penetramos en el interior del recinto amurallado por la puerta de las Carnicerías.

Era la hora de comer y entramos a ponernos entre pecho y espalda un menú abulense con el consabido chuletón.

Aunque apetecía descansar, decidimos digerir acercándonos a San Vicente. Por lo menos el camino es en bajada.

San Vicente, aunque extramuros, está allí mismo.

Paramos primero en su portada sur con su interesantísima Anunciación.

Para efectuar luego el acceso por la portada occidental, otro museo escultórico.

La basílica románica de San Vicente se levanta sobre el lugar donde tradicionalmente se creía que estaban sepultados los restos de Vicente, Sabina y Cristeta, tres hermanos martirizados durante la persecución de Diocleciano en el siglo IV.

La iglesia es de tres naves y tres ábsides con marcado crucero.

Tiene cripta construida para nivelar el terreno donde se construyó la basílica.

En ella se veneraba tradicionalmente la Virgen de Soterraña. Actualmente ha sido trasladada al Retablo Mayor. Esta imagen fue hallada milagrosamente en el siglo VIII o IX. En realidad, la talla es, como mínimo, del siglo XII. Mutilada para vestirla, fue restaurada -mejor, reconstruida- en los años ochenta del siglo pasado.

Lo más relevante del templo es el cenotafio de los Mártires. Simula un edificio de tres naves y es de gran riqueza escultórica. Sobre él se colocó un baldaquino gótico en el siglo XV.

Es impresionante el Pantocrátor de la cara oeste, que tiene a sus lados el león y el toro del Tetramorfos.

La cabecera resulta muy elegante por la altura de los ábsides, debida a la existencia de la cripta.

Muy cerca de San Vicente se levanta el humilladero, obra del siglo XVI.

En dirección al hotel encontramos la ermita del Cristo de la Luz.

Regresamos al centro al anochecer para tener una visión del Ávila nocturna.

Tener el hotel algo alejado del centro permite contemplar lugares que, de otro modo, pueden pasar desapercibidos.

Por ejemplo, las ruinas de los Jerónimos.

El primer objetivo del día fue la iglesia románica de Santo Tomé el Viejo.

En su muro sur conserva una portada románica cuyas arquivoltas descansan sobre capiteles que han perdido las columnas en que apoyaban.

El interior se usa a modo de almacén del Museo de Ávila y se accede a él a través de otra portada situada en el muro oeste.

Entre muchas otras piezas, destaca la gran cantidad de verracos que contiene.

En un edificio cercano, la Casa de los Deanes, está la sede propiamente dicha del museo. el edificio está organizado alrededor de un patio central.

Hay salas dedicadas la patrimonio etnográfico de la provincia.

Y otras que muestran obras de valor histórico y artístico como esta curiosa y encantadora Santa Ana Triple.

O este tríptico flamenco de época gótica.

Del Museo al plato fuerte del día, la catedral.

Las principales obras de la catedral fueron realizadas bajo la dirección del Maestro Giral Frunchel, que también finalizó la basílica de San Vicente y es considerado el introductor del gótico en España.

Se accede por la portada situada en la fachada oeste.

En el interior destaca la altura de la nave central, igual de ancha que las laterales, y su intensa iluminación.

El trascoro es obra renacentista de Lucas Giraldo y Juan Rodríguez en el siglo XVI.

El coro, diseño de Cornelio de Holanda, muestra un sillería en dos niveles con profusa decoración.

El retablo Mayor fue iniciado por Pedro Berruguete e intervinieron también en él Santa Cruz y Juan de Borgoña, que lo finalizó.

La doble girola en la que culmina el templo es diáfana y en ella se aprecia bien la «piedra sangrante», una arenisca ferriginosa que da un aspecto peculiar a muros y bóvedas.

En la Capilla del Cardenal y otro par de salas se ubica el museo catedralicio en el que hay obras valiosas como este Cristo en Majestad del siglo XII.

No se puede ir uno de Ávila sin subir a sus murallas y dar un paseo por ellas.

Antes de ir a comer, apetecía una caña. Pero solo una, porque en Ávila el acompañamiento de cada consumición puede quitarte las ganas de comer.

Comimos, pero con más moderación que el día anterior. Y luego al hotel y una pequeña siesta.

Por la tarde a San Andrés. Una iglesia románica alejada algo de las murallas.

Es de tres naves y tres ábsides.

En su fachada occidental tiene adosada la torre cuya parte superior es fruto de obras de restauración del siglo XX.

Se entra por la portada sur.

Destaca la amplitud de la nave central y la estructura de los ábsides, distinta en cada uno de ellos.

Destaca la decoración escultórica de lso capiteles del ábside principal. Hay personajes en lucha.

Llama la atención la cantidad de leones representados. Montados por un hombre que lucha contra un monstruo.

En parejas.

O con un hombre intentando montar uno.

De San Andrés una buena cuesta para llegar hasta San Vicente.

Y una finalización de tarde en la plaza del Mercado Chico contemplados por el campanario de San Juan.

Último día en Ávila. Empezamos recorriendo la gran cantidad de palacetes, casas nobles y edificios históricos que surgen por toda la ciudad antigua.

Colegio Diocesano de Nuestra Señora de la Asunción.

Palacio de los Serrano en la plaza de Italia.

Ya dentro del recinto amurallado, se multiplican los elementos dignos de atención. Palacio de los Dávila.

Salir por alguna de las puertas, como esta del Rastro, permite echar vistazos a los alrededores de la ciudad

y a las siempre espectaculares murallas.

El espectacular torreón de los Guzmanes hoy forma parte de la sede de la Diputación.

Pasear por Ávila es también notar como se hace presente por doquier la figura histórica de Santa Teresa de Jesús. Su iglesia de estilo barroco preside la plaza flanqueada también por el convento.

Dentro de su estilo hay que considerar sobria la decoración interior, probablemente como homenaje al estilo de la Santa.

No lejos de la iglesia de Santa Teresa encontramos esta portada procedente del desaparecido hospital de Santa Escolástica, una muestra de reinstalación de patrimonio en riesgo de desaparecer.

Desde allí descendimos hasta el Adaja.

Y cruzamos el puente romano, peatonal a escasos metros del puente moderno para automóviles. Es uno de los pocos puentes cuya denominación de romano es correcta, pues este era su origen y conserva parte de su estructura original.

Regreso a la otra orilla y a San Segundo, otra iglesia del románico abulense situada junto al río.

Se accede por la portada sur (hay otra, muy posterior al románico y cegada, situada en el muro oeste). Las arquivoltas, que reposan alternativamente en jambas y capiteles, muestran deocración floral, muy usual en el románico de la zona.

Es de tres naves y tres ábsides, y su interior pierde en la cabecera su aspecto original debido a la profusa decoración barroca.

Una extraordinaria escultura de Juan de Juni representa a San Segundo, patrón de la ciudad. San Segundo, uno de los siete legendarios varones apostólicos evangelizadores de España, es aún más legendario como residente y mártir en Ávila, tradición (¡caramba con las tradiciones!) que surge en el siglo XVI haciendo referencia a hechos de milenio y medio más atrás.

Paseando a lo largo de las murallas

nos acercamos a Santa María de la Cabeza. Otra iglesia románica, aunque de época tardía y muy modificada.

En el interior sobresale la decoración en ladrillo de influencia mudéjar.

Muy cerca está San Martín. también de origen románico, pero completamente transformada, siendo su elemento más relevante la torre, cuyo cuerpo superior en ladrillo muestra la influencia mudéjar, pero ya de época gótica.

Subida hacia el recinto amurallado al cual entramos por la puerta del Mariscal.

Pronto tropezamos con la capilla de Mosén Rubí, iglesia gótico-renacentista adjunta al convento de las Dominicas.

Nos habíamos ganado una buena comida y un pequeño descanso.

Por la tarde deambulamos por barrios poco conocidos. Con calma visitamos la ermita de Nuestra Señora de las Vacas en una de las zonas más populares de la ciudad.

Esta iglesia tiene una nave del siglo XV en cuya construcción tiene un papel fundamental el ladrillo.

Y una cabecera del XVI, renacentista herreriana.

Esta parte impresiona en el interior por su grandeza y a la vez austeridad.

Por la calle Cuesta Antigua -¡cómo no iba a ser una cuesta estando en Ávila!- alcanzamos el centro.

Al llegar arriba echamos un vistazo al ábside de mampuesto de Nuestra Señora la Antigua, situada junto a San Pedro.

Callejeamos por la zona ya conocida y en vez de regresar al hotel en taxi como los días anteriores, nos dimos un paseo para ya cenar en las cercanías.

Por la mañana a madrugar y dejábamos Ávila.

La primera parada en Sotosalbos. La iglesia románica de San Miguel consta de una nave y un ábside. Su fachadaa sur la precede una galería porticada. Adosado al ángulo nordeste tiene un campanario de torre de época posterior.

Lamentablemente, la encontramos cerrada sin ninguna indicación de horario o de cómo poder acceder. Y eso que era domingo, pero al parecer ni misa había. El pueblo completamente desierto. No se veía un alma.

El pórtico tiene dos portadas, al sur y al este. Ambas decoradas con molduras en zig-zag. La decoración del pórtico no se limita a columnas y capiteles, sino que todo su alero está recorrido por canecillos y ménsulas esculpidos.

El pórtico consta de esbeltas columnas y capiteles figurativos de buena talla.

Algunos aún en suficiente buen estado para identificarlos bien como esta Adoración de los Reyes.

Más allá de Sotosalbos, dejamos la carretera general a Soria para tomar la que conduce directamente a Sepúlveda, nuestro destino. A la altura de la pequeña localidad de Requijada surge junto a la carretera, aislada de todo, la iglesia de Nuestra Señora de las Vegas.

Sorprende en esa soledad encontrarnos con una iglesia románica de tres naves y tres ábsides. De estos, solo el central es semicircular, los dos laterales son de cabecera plana y sobre el situado al norte se eleva la torre-campanario.

Precede al templo una galería porticada construida con buenos sillares.

Hay capiteles en mal estado, pero otros lucen aún sus figuras como esta colección de arpías.

La portada de acceso al templo consta de tres arquivoltas enmarcadas por un guardapolvo. En las enjutas podemos contemplar una soberbia Anunciación. Al interés escultórico de la portada se añade la policromía del siglo XVI que se ha conservado.

En el interior destaca el gran arco triunfal que da acceso al ábside central y la irregularidad de los otros ábsides con respecto a este. Algunos capiteles muestran decoración mayoritariamente vegetal, aunque también los hay con representaciones animalísticas.

La decoración pictórica, de la misma época que la policromía de la portada, es francamente interesante.

En excavaciones realizadas se encontró una importante necrópolis abarcando todos los siglos medievales y restos de una villa romana de la época del Bajo Imperio. Como testimonio de que estamos en un lugar de culto que data, como mínimo, de época paleocristiana, se conserva a los pies de la nave de la epístola esta piscina para el bautismo por inmersión.

Más adelante, nos desviamos para ir a Pedraza, aunque ya la conocíamos.

En el portal de acceso es obligatorio preguntarse cómo es posible que por ese único y estrecho acceso circulen entren y salgan de la villa los centenares de coches que ocupan los lugares de aparcamiento en fin de semana.

La Plaza Mayor aún no estaba abarrotada, pues faltaba un rato para la hora de comer.

Paseando por las calles de Pedraza se tiene la sensación, como en tantas otras localidades castellanas, de volver la pasado. Fortificaciones, casas nobles e iglesias, como las ruinas de la de Santa María, surgen por todas partes.

Al noroeste se sitúa el castillo. Obra medieval edificada sobre restos romanos y musulmanes. hace unos cien años lo compró el pintor Ignacio Zuloaga e instaló en él su taller. Sus herederos instalaron en sus dependencias un museo en el que, junto a otras obras de relieve, se exhiben muchas pinturas del artista.

Y hacia Sepúlveda.

Maravillosa estampa la que se contempla desde el mirador Ignacio Zuloaga, situado antes de cruzar el río Caslilla.

Atravesar el centro de la población en domingo es toda una aventura, pero finalmente conseguimos aparcar en el hotel y, como ya hacia rato del desayuno, sin tan siquiera descargar el equipaje, a buscar donde calmar el hambre.

Cruzamos el arco del Ecce Homo, cosa que ya habíamos hecho a la inversa con el coche.

Para llegar a la plaza de España, presidida por los restos del castillo medieval y su impresionante fachada barroca añadida.

Comer el domingo en Sepúlveda no es fácil. Veíamos todos los restaurantes llenos y decidimos tomar una caña y llamar a alguno por teléfono. Nos reservaron hora para las tres y media y con la única alternativa de «cordero o cochinillo».

Optamos por el cordero y lo cierto es que estaba espléndido.

Vuelta la hotel para acomodarnos en una bonita habitación situada alrededor del patio central.

Al regresar al centro las calles ofrecían un aspecto muy distinto al de la mañana.

En la plaza aún había algo de movimiento, pero poco.

Decidimos subir a Nuestra Señora de la Peña.

Iglesia con una memorable portada románica.

El tímpano especialmente es un museo escultórico.

Entre los capiteles del pórtico llama la atención este par de músicos compartiendo instrumento.

El interior muestra diferentes fases constructivas del siglo XII o quizás incluso más tardías. Los altares barrocos se ven algo muy distinto.

No lejos de Nuestra Señora de la Peña hay una explanada que es un mirador sobre parte de la población y sobre el cañón del Duratón. Por ahí se suelen ver abundantes buitres y otras rapaces, pero ese día debieron tomarse vacaciones pues solo pudimos contemplar pajarillos de escaso tamaño.

Emprendimos el descenso para volver otra vez al centro, parando en el palacete denominado Casa del Moro.

Nombre que alude al personaje representado en el frontón.

La plaza del Trigo está junto a la plaza España y en ella se encuentra la antigua cárcel.

También se disfruta de buenas vistas, en este caso hacia el sur.

El lunes Sepúlveda parecía otra. Sin aglomeraciones y con la mayoría de establecimientos cerrados. Día oportuno para pasear por calles desiertas y disfrutar de los encantadores rincones de la villa.

Antiguos edificios en los que a veces es difícil distinguir si fueron casas señoriales o capillas.

Si bien los escudos conservados nos pueden dar una pista.

Una de las antiguas puertas es la del Río, un balcón al río Caslilla.

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Junto a la puerta se venera en una hornacina la Virgen de las Pucherillas, llamada así porque tradicionalmente se iluminaba la imagen con velas introducidas en pequeños pucheros de barro.

La antigua iglesia de Santiago acoge actualmente el Centro de Interpretación de las Hoces del Río Duratón.

Su ábside en ladrillo constituye un caso singular en Sepúlveda.

Cerca se hallan los Arcos de la Judería, que daban paso al importante barrio judío de la localidad.

Vuelta al centro.

Fotografiamos la cruz de término. Estas no son tan abundantes en los pueblos y villas castellanos como en otros lugares.

A pocos pasos, otra iglesia románica, San Bartolomé, actual parroquia de Sepúlveda.

Aunque muy modificada, su portada y su ábside recuerdan su origen.

Desde encima de San Bartolomé se disfruta de otra de las postales de Sepúlveda.

Aún quedaban calles por las que deambular.

Y subir hasta El Salvador, pese a que algunos vecinos nos habían avisado: «se van a tragar una buena cuesta y encima la encontrarán cerrada».

Sin embargo, vale la pena llegar hasta aquí, aunque esté cerrada, para contemplar una esbelta iglesia, de una nave que sobresale aún por encima del alto ábside, su torre y su galería porticada, realizadas con excelentes sillares

Encima del zócalo del ábside una aspillera revela la existencia de una cripta, que no es accesible en la actualidad.

Canecillos muy diversos adornan el alero del ábside y de las naves.

La galería porticada muestra signos de haber sido bastante reformada.

Sus capiteles son a veces de difícil interpretación.

El exterior es otro buen lugar para contemplar la villa.

Era lunes y pocos restaurantes había para elegir. Curiosamente hay uno asturiano en Sepúlveda y la verdad es que no estuvo nada mal.

Luego siesta y un último recorrido. Paramos en la iglesia de los Santos Justo y Pastor por donde ya habíamos pasado varias veces y en la que se ubica el Museo de los Fueros.

Y por último salimos de la población por El Postiguillo, el tramo de muralla mejor conservado, para volver a entrar por la nueva variante y dar por terminado nuestro paseo.

Querríamos haber alargado algo más nuestro viaje, pero determinadas circunstancias nos impidieron hacerlo y el día siguiente emprendimos el regreso.

¡Ya volveremos a escaparnos!

CANTABRIA-MERINDADES

Pocos viajes desde que anda ese virus rondando, pero alguna salidita había que hacer. Ya que en muchos sitios la cosa sigue estando complicada nos fuimos cerquita y al fresco huyendo de los primeros días de calor.

A mediodía ya estábamos en Santillana del Mar. Rápido a comer y ya cayeron los primeros bocartes.

Luego al hotel.

Y a pasear por Santillana, algo que siempre es nuevo y nunca cansa.

Hasta acabar dando frente a la Colegiata de Santa Juliana. Uno de esos hitos fundamentales en el románico hispánico.

Con su siempre admirable fachada.

En la que luce su portada con sus cinco arquivoltas originales bajo el frontón añadido en el siglo XVII.

Sobre la portada se sitúa el Pantocrátor bendiciéndonos desde el interior de su mandorla, sostenida por cuatro figuras, que todo el mundo dice que son ángeles. ¡Para qué contradecirles!

Más al este se eleva la torre cilíndrica que contiene la escalera.

Al girar nos aparece la cabecera.

De los tres ábsides el central fue modificado para eliminar una sacristía que se había añadido en su estructura.

El meridional conserva toda su clasicidad.

En Santillana enseguida te encuentras en el campo para airearte.

Aunque la verdad es que las calles estaban lejos del bullicio que otras veces hemos visto.

Vale la pena entretenerse contemplando los elaborados y artísticos blasones que decoran las fachadas.

Y más sin aglomeraciones.

Toda la villa es un monumento.

Finalizamos la tarde en un pequeño, agradable e innovador restaurante, «El Bisonte Rojo». Para repetir.

Segundo día a primeras horas buen desayuno y hacia Santa Juliana con las calles casi desiertas.

Santa Juliana por sí sola justifica ir a Santillana.

La visita se inicia en el claustro.

En la galería sur es donde más capiteles historiados hay. La lucha entre el bien y el mal aparece en muchos de ellos.

Un ángel contra un dragón.

O un centauro contra otro dragón.

La iglesia de tres naves, separadas por grandes pilares, y tres ábsides impacta por su gran tamaño.

En los capiteles de nave y cabecera se ven manos de distintos maestros, más o menos expertos. Aquí un capitel de buena factura en que, bajo un ajedrezado jaqués en el cimacio, un rostro entre volutas tiene debajo dos pelícanos picoteándose el pecho. El pelícano ha sido repetidamente usado como simbolización de Jesucristo, debido a que en el mundo antiguo se creía que se picoteaba su propio pecho para sacar sangre con la que alimentar a sus crías, en caso de necesidad.

Per las piezas más interesantes que contiene la iglesia están descontextualizadas y no se sabe con certeza qué lugar ocupaban originariamente.

Entre ellas un Pantocrátor policromado, ahora situado a los pies de la nave principal.

O esta Virgen-Trono.

O el panel con Santa Juliana encadenando al demonio.

Del mismo grupo hay que considerar las representaciones de cuatro Apóstoles situadas actualmente en el frontal del Altar Mayor.

La pila bautismal con la representación de Daniel entre los leones es también una obra maestra.

Aún nos quedaba tiempo hasta la hora de comer y nos dirigimos al Museo Diocesano, ubicado en el antiguo convento de los dominicos.

Contiene muchas obras de arte religioso procedentes de diversos lugares de la región, con una atención especial al románico como en esta Virgen del XII.

O este extraordinario capitel procedente de Piasca.

También hay arte de épocas diversas como esta curiosa colección de San Roques.

Alguna Santa Ana Triple del XIV.

Y muestras de artesanía popular como estas matracas.

Comida, descanso y por la tarde más paseo por Santillana.

Pasamos un buen rato con las esculturas de Jesús Otero, escultor nacido en la villa, en el espacio habilitado como su museo, próximo a la Colegiata.

A cenar, una vueltecita y hasta un nuevo día.

El pronóstico del tiempo anunciaba algún chubasco y así amaneció. La intención era visitar la iglesia de Bareyo, pero apenas pasado Torrelavega lo que caía no era lluvia sino el diluvio. Decidimos regresar y pasar la mañana visitando el Museo de Altamira, aunque lo recordábamos bien de otras veces. Afortunadamente al no haber un exceso de turismo pudimos entrar sin reserva previa ni espera de ningún tipo.

Siempre entretiene contemplar las reproducciones de las pinturas en la neocueva. La sensación de no estar frente a lo auténtico pesa, pero que le vamos a hacer…

Aún nos acercamos a la iglesia de Santa María de Yermo. A un paso de la civilización y de la autovía, pero que todavía hay que buscar por carreteras que parecen llevarte a mundos perdidos. Una delicia la iglesia

con un impactante tímpano

y un interesante repertorio de capiteles, canecillos y otras muestras escultóricas de un románico encantador.

Desgraciadamente, cerrada y sin posibilidad de saber a quién acudir para poder verla. Algo que en Cantabria se ha convertido en mucho más habitual de lo que era. ¡No solo de anchoas vive el hombre!

La tarde habitual con los consabidos paseos por Santillana y sus alrededores.

Aún no habíamos comido rabas y eso en Cantabria casi es un delito. Esa noche fue le plato fuerte de nuestra cena.

Ya dejábamos Santillana y en ruta hacia el sur hacíamos nuestra primera parada en Santa Cruz de Castañeda.

Allí nos encontramos con una pareja gerundense que habían quedado con el párroco en que este vendría a abrir la iglesia. Mientras aguardábamos, fuimos disfrutando de la iglesia-colegiata románico, lo único que subsiste del antiguo monasterio.

En el alto campanario destacan sus bonitas ventanas geminadas de la parte superior.

La portada de ocho arquivoltas se abre en el muro de poniente.

En el interior destacan la monumentalidad y la riqueza escultórica.

La cúpula sobre trompas que cubre el crucero es espectacular.

El presbiterio, presidido actualmente por un Calvario del siglo XV, muestra capiteles bien esculpidos.

De Castañeda nos dirigimos hacia Silio, parando en el puente sobre el Besaya, en La Canalona, que aparece como «El Chorro» en «El Camino» de Delibes.

La iglesia de los Santos Facundo y Primitivo en Silio es resto de un antiguo monasterio.

En su portada y, especialmente, en el ábside muestra interesantes detalles escultóricos. Los del interior, como es habitual, nos los perdimos, porque nadie sabe dónde está la llave, ni quién abre ni cuándo.

Antes de dejar Silio, nos detuvimos ante la ermita de Santiago. Frente a ella se levanta el monumento a La Vijanera, festividad ancestral carnavalesca, que se celebra el primer domingo de enero.

Muy cerca de Silio está Bárcena Pie de Concha con su iglesia románica dedicada a los santos médicos Cosme y Damián.

Con interesantes canecillos en su ábside.

Y sobre su portada.

Comimos en una gasolinera próxima y hacia Fontibre a buscar el hotel.

Era este una posada rural, muy agradable, situada a pocos metros del nacimiento del Ebro.

La tarde la pasamos paseando por Reinosa.

Regresamos a Fontibre y nos acercamos al nacimiento del Ebro.

Patos y aves nos acompañaron durante el trayecto.

El lugar del nacimiento, si se puede disfrutar sin gente, es una delicia.

Cenamos en un barecito de las proximidades y a descansar, que el día había sido largo.

De buena mañana a la muy cercana Julióbriga, que pese a su pequeño tamaño fue la principal ciudad romana en tierras cántabras.

Tienen un pequeño museo y una reproducción de una casa romana, cuya visita resulta francamente instructiva, sea cual sea tu grado de conocimiento del mundo romano, sobre todo si encuentras una guía motivada y motivadora, como fue en nuestro caso.

Sobre un área no muy extensa se extienden las ruinas de la antigua ciudad.

Justo en el lugar donde se hallaba el foro se alza la iglesia románica de Santa María de Retortillo como muestra de como los lugares de culto han persistido a lo largo del tiempo.

La iglesia, como es habitual, cerrada a cal y canto y con el resultado habitual sin que nadie tenga la más remota idea de cuándo, cómo y quién la abre.

El tímpano reubicado, que hay sobre su portada, muestra un grifo y un dragón alado saludándose.

La decoración exterior es abundante, aunque bastante desgastada.

Dejamos Retorillo para ir hasta San Pedro de Cervatos, donde siempre habíamos encontrado una señora que abría. Actualmente ningún cartel con número de teléfono y los vecinos cercanos sin la más remota idea sobre la apertura de lo que se considera el templo mayor del denominado románico erótico.

Solo el exterior es para pasar un buen rato y así lo hicimos, mientras de paso esperábamos si aparecía alguien para abrir, lo que no ocurrió.

La riqueza escultórica de la portada y de toda la fachada sur es extraordinaria.

Aunque sean lo más conocido de la iglesia no me resisto a poner la ventana sur del ábside y sus capiteles.

Antes de comer aún nos llegamos a Bolmir. Cerrada también.

San Cipriano de Bolmir denota claramente la influencia de Cervatos.

Con canecillos que comparten las mismas motivaciones.

Comimos en Reinosa, descansamos un rato y finalizamos la tarde en Villacantid, en cuya iglesia desacralizada se ha instalado el Centro de Interpretación del Románico. Llegamos tarde, pero la amabilidad del guía nos permitió permanecer unos minutos más.

La iglesia muestra objetos procedentes de diversos lugares. Sobresale esta interesante pila bautismal de origen desconocido. Aunque en mi modesta opinión, de románico, por mucho que estiremos, tiene bien poco.

Pero su propia escultura no es nada desdeñable. Aquí un capitel del ábside con escena de caza y lucha, y con una enigmática figura femenina cuyo papel no imagino.

Mucho románico (y romano) para un solo día. Cena y descanso. Al día siguiente hacia Las Merindades.

Llegamos a Villarcayo a solicitar información en Turismo. Tal como habíamos notado en Cantabria, poco movimiento, pese al fin de semana.

Decidimos aprovechar la mañana iniciando el recorrido por el románico de la zona. Nos dirigimos a Medina de Pomar y desde allí a la cercana Nuestra Señora de la Asunción de La Cerca.

Muy reformada, conserva su portada.

Y su ábside.

Al no haber modo de entrar no pudimos contemplar el espléndido Pantocrátor rodeado del Tetramorfos que muestra en el interior del ábside.

De La Cerca nos dirigimos por una estrechísima y sinuosa carretera a Tabliega. Mereció la pena el esfuerzo porque aquí sí que nos indicaron enseguida donde residía la persona que nos enseñaría la iglesia de San Andrés.

La estructura original románica Es de una nave y un ábside, con transepto y torre sobre el crucero

En el interior el aspecto se ve alterado por las pinturas barroquizantes que cubren sus muros. Resulta curioso observarlo porque acostumbrados a ver la piedra desnuda nos lleva a recordar que originariamente la mayor parte de las iglesias medievales debían ir pintadas

A ambos lados del presbiterio se conservan sendos sarcófagos de época moderna.

La pila bautismal debe ser contemporánea de ellos.

Decidimos parar las visitas matinales y llegarnos al hotel a dejar el equipaje. En El Ribero un castillo nos esperaba y en una ubicación estupenda para recorrer Las Merindades.

Comimos en las cercanías, descansamos un rato y seguimos ruta por la carretera que se dirige a Bilabao.

En Villasana de Mena queríamos ver la Epifanía románica que guardan en su iglesia parroquial, pero hallamos la iglesia cerrada. Entonces nos dirigimos al cercano Vallejo de Mena donde encontramos a un cura rumano que estaba enseñando la iglesia de San Lorenzo a un grupo. Al cura lo del románico burgalés le sonaba lo mismo que a mí el chino mandarín, pero pudimos verla.

La iglesia de San Lorenzo es de larga historia. Llegó a ser sede de una encomienda de la Orden de San Juan de Jerusalén.

La primera fase de la obra fue la construcción de la cabecera. El ábside tiene aspecto poligonal exteriormente, uno de los detalles que nos hacen prensar en una construcción ya de finales del siglo XII. el interior es semicircular.

Destacan en el ábside su alto podio, la decoración de arcuaciones ciegas, la abundancia de columnas, la escultura en ventanas y canecillos, y sus cinco ventanales, de los cuales los dos del presbiterio son ciegos.

El resto del edificio es algo más tardío. Tiene la iglesia tres portadas, de las cuales la más importante y elaborada es la occidental de gran riqueza escultórica.

La nave dividida por arcos fajones en tres tramos se cubre con bóveda de crucería.

La pila bautismal es de tradición románica.

El cura rumano tenía prisa, pero aún tuvo tiempo para acompañarnos a Santa María de Siones, a escasa distancia.

Es otro ejemplar románico que no hay que perderse. Exteriormente su nave y ábside semicircular ofrecen un aspecto muy armónico, con el transepto marcado en altura.

Tiene dos portadas siendo la occidental la más monumental.

El interior es auténticamente espectacular. De gran riqueza decorativa, sobre todo en la zona presbiterial.

Destaca en el interior de uno de los muchos edículos que forman las múltiples arcuaciones una figura que suele identificarse con Santa Juliana encadenando al demonio.

De regreso al hotel disfrutando de los bonitos paisajes

aún paramos en Bercedo. Su iglesia de San Miguel es otro ejemplar de origen románico.

Probablemente lo más interesanrte sea su portada. Si no obra de un gran artista, sí de alguien con buena imaginación para el bestiario fantástico.

Me llamó la atención esta anfísbena tan particular.

Llegó el domingo y emprendimos ruta en dirección a uno de los edificios más emblemáticos de la comarca, San Pedro de Tejada, con la esperanza de que estuviese abierto.

Así fue. A las once de la mañana un numeroso grupo estábamos esperando cuando llegó la guía.

La portada muestra una serie de arquivoltas con sobria decoración, pero los sillares colacados en las enjutas con el apostolado y los canecillos (entre ellos cuatro representando el Tetramorfos) bajo el tejaroz enriquecen escultóricamente la fachada.

Ábside, campanario y muros laterales rivalizan en decoración escultórica.

La variedad de representaciones es grande tanto en capiteles como en canecillos. Hasta referencias al mundo clásico podemos ver como en este espinario.

En el interior no dejan tomar fotografías. Una actitud absolutamente incomprensible y que donde más suele darse como otros tipos de restricciones es en aquellos bienes de titularidad privada. Los entes públicos e incluso la Iglesia suelen adaptarse mejor a los tiempos.

Un majestuoso puente cruza el Ebro en Puente Arenas, localidad a la que pertenece San Pedro de Tejada.

Aguas arriba el puente de los Hocinos ofrece unas buenas panorámicas del río.

Desde allí nos fuimos a Puentedey, localidad cuyo mayor atractivo radica en el puente natural formado por el río Nela y sobre el cual se construyó la población.

Regresando a Villarcayo para comer, paramos en Escaño para ver su interesante iglesia románica de San Salvador.

La tarde la pasamos en Espinosa de los Monteros, población famosa por provenir de ella los antepasados judíos del filósofo holandés Baruch Spinoza y por ser hidalgos de la villa los componentes del cuerpo de Monteros, guardia de alcoba nocturna de los Reyes de Castilla.

Su iglesia parroquial de Santa Cecilia es una gran construcción renacentista.

Por toda la población aparecen diseminadas antiguas casas nobiliarias y torreones.

No queríamos dejar Las Merindades in ver las grutas de Ojo Guareña. Habíamos leído informaciones contradictorias sobre si estaba abierto o no el lunes.

En reliadad, tuvimos suerte. Estaba cerrado. Y lo digo así porque disfutar en completa soledad de esos parajes es una auténtica delivcia.

La troglodítica ermita de San Bernabé es impactante.

Pensamos volver para realizar la visita, pero ¡qué nos quiten lo bailao!

Muy cerca está Butrera con su iglesia románica de Nuestra Señora de la Antigua, de la que nos habían hablado mucho.

La viimos exteriormente pues en el teléfono indicado para las visitas no nos contestaron.

Aunque solo sea el exterior merece la pena. La portada

con este delicado capitel.

El ábside y sus canecillos.

Como este pensador.

O este relieve con Adán y Eva, posiblemente procedente de una estructura anterior, incrustado al lado de la portada en un contrafuerte.

Muy cerca de Butrera está Torme con su iglesia también románica de San Martín.

A través de la reja que cierra el atrio pudimos contemplar su portada y lo que esta dejaba ver del interior.

Poco más allá otro San Martín, la parroquial de Villacomparada de Rueda.

Decidimos para acabar de aprovechar la mañana ir al monasterio de San Martín de Ríoseco.

El que fue el más importante monasterio cisterciense de la zona desde la desamortización de infausto recuerdo fue víctima del abandono y el expolio. Hace unos años un grupo de personas entusiastas pusieron en marcha un proyecto para su recuperación. Han logrado convertirlo en lugar de visitas y actividad cultural, mientras se va rehabilitando lo que se puede.

Paseando por el monasterio recibimos una llamada telefónica. Era del señor que se encarga de mostrar la iglesia de Butrera, que había encontrado en su móvil nuestras llamadas perdidas. Quedamos en volver por la tarde y él nos esperaría.

Comimos en Medina de Pomar, bien como siempre en esta zona.

Aún tuvimos tiempo para acercarnos a Villarías donde San Cristóbal, otra iglesia románica, preside la urbanización del campo de golf.

Volver a Butrera valió la pena. Un interior que plantea muchas dudas sobre las diversas fases constructivas

y ninguna sobre la calidad escultórica de sus capiteles y, en especial de la gran Virgen, que actualmente preside la iglesia

y del relieve representando una Adoración de los Reyes, hoy situado frente a la portada.

A cenar tranquilamente y a descansar que al día siguiente tocaba regreso a casa.

TERUEL

Tras muchos días de no poder salir de los límites provinciales, decidimos acercarnos a Teruel, ciudad que no habíamos visitado desde hace años.

Nos esperaba el hotel muy bien situado sobre la estación y el Turia.

Un vistazo a la escalera neomudéjar.

Y un paseo por Teruel.

Hasta llegar a la hora de comer a la emblemática plaza Carlos Castel centrada por el popular Torico.

Luego, pasando por debajo de la torre de San Salvador, a descansar un rato.

Por la tarde otro paseo para acabar de contactar con la ciudad. Pudimos ver que muchos de los lugares más interesantes, como el Mausoleo de los Amantes y su adjunta iglesia de San Pedro, estaban cerrados.

Las calles bastante vacías. Comprensible en parte por ser lunes, pero curioso que en un Teruel fuésemos los únicos tomando fotos.

El paseo nos acercó al Puente de la Reina desde donde se dispone de buenas vistas sobre la ciudad.

Y sobre el acueducto, conocido como Los Arcos, construcción del siglo XVI que consiguió paliar la escasez de agua en la ciudad, limitada hasta entonces a la proporcionada por algunos aljibes situados alrededor del centro.

El acueducto tenía, y tiene, también la función de viaducto.

Algo más allá del viaducto se encuentra la iglesia de la Merced con su torre mudéjar de ladrillo, muy olvidada en la ruta del mudéjar turolense, probablemente por su alejamiento del centro urbano.

Regresamos al casco antiguo pasando pro la torre de la Bombardera y entrando por el portal de San Miguel o de la Traición, lugar por donde penetraron en la ciudad las tropas de Pedro I el Cruel de Castilla al abrirles la puerta un juez traidor. Aunque no esté el hecho comprobado históricamente, la leyenda es la leyenda.

De las murallas a la plaza Francés de Aranda donde se halla la entrada norte de la catedral y el palacio Episcopal, sede del Museo de Arte Sacro. Para no desentonar también cerrado.

La catedral cerrada a cal y canto. Únicamente pudimos verla exteriormente. La torre y su portada neomudéjar.

Esta portada es obra realizada en 1909 por el arquitecto Pablo Monguió, que construyó muchos edificios modernistas en Teruel

Tras un vistazo ya anocheciendo a las modernistas casa El Torico y Casa Ferrán, a cenar y a dormir.

Nuevo día y a empezar, como suele ser habitual en la ciudad, junto al Torico.

Y a plantarnos frente a la catedral. Allí desayunamos a ver si veíamos la manera de colarnos.

Junto a la catedral se ubica una fuente que se encontró en los años setenta del siglo pasado en el barrio del Arrabal y se cree que es de las que se construyeron tras la llegada del agua a través del acueducto

La extrema amabilidad de una señora que al parecer está al cuidado de la catedral nos permitió verla mientras se efectuaba la limpieza diaria.

Y vale la pena.

Su artesonado mudéjar es una joya. ante las dificultades de una buena fotografía «in situ» añado un par de fragmentos de motivos reproducidos en el Museo de Teruel.

El retablo Mayor es obra de Gabriel Joly, tal vez su obra más importante.

Pese a estar en una capilla lateral otro retablo llama inmediatamente la atención. Es el de la Coronación de la Virgen, magnífica muestra del gótico hispano-flamenco, cuyo autor es conocido como Maestro de la Florida. Restaurada a principios de siglo, es la única obra medieval conservada en la catedral.

Pasamos por la oficina de turismo a ver qué posibilidades había par visitar todo el conjunto de los Amantes e iglesia de San Pedro. Ninguna.

Pues a verlo por fuera otra vez.

La iglesia del Salvador la encontramos abierta y entramos. Se trata de una iglesia barroca decorada con esgrafiados.

Lo más destacado de ella es la imagen que más devoción suscita en los turolenses. Se trata del Santo Cristo del Salvador o de los Milagros. Es conocido también como el «de las tres manos», pues hay una mano unida al lado izquierdo de su torso. Sin explicaciones legendarias o mágicas es muy probable que le Cristo formase parte de un Descendimiento y la mano corresponda a un José de Arimatea o Nicodemo desaparecidos. Las leyendas sobre esta imagen son abundantísimas (apareció navegando por el río Guadalaviar, lo talló un ángel, la tercera mano pertenece a un ladrón que quería robarlo, …). Ha sido sacado en procesión repetidas veces a lo largo de los siglos en casos de sequía y epidemias. El Padre Faci habla largamente de él. Aunque algunos califiquen la imagen de románica, en mi opinión es más tardía.

Del Salvador al Museo de Teruel, el único atractivo turístico importante que conservaba su horario habitual. Eso sí sin ascensor y sin aseos. O sea que en una visita prolongada si a alguien le cogía un apretujón en la quinta planta, a hacer ejercicio intensamente.

Ubicado en el antiguo palacio de la Comunidad de Teruel, el museo se estructura en dos partes. Una dedicada a la etnografía a lo largo de la historia y otra, en las plantas superiores, dedicada a los diferentes períodos históricos.

En la primera hay auténticas curiosidades como este orinal del siglo XV.

O esta pieza cerámica de la misma época.

O esta original lápida funeraria.

En la parte dedicada a la prehistoria, junto a las habituales colecciones de lascas y otros útiles, me llamaron la atención estas queseras.

Para mí la parte más interesante y detallada del museo es la dedicada a la cultura ibérica.

Con abundantes piezas cerámicas como este kalathos.

Esta espléndida colección de armas.

O estas arracadas, que lucen junto a otras piezas también de oro.

De época romana destaca un inmenso mosaico procedente de una villa en las cercanías de Calanda. Está datado en el siglo IV. Aquí vemos un fragmento de la parte más figurativa, siendo algunos de los animales idénticos a los representados en otro mosaico de Villa Fortunatus en Fraga.

De época islámica es esta cantimplora de plata sobredorada del siglo XI.

En la última planta del museo hay una terraza desde donde se dispone de buenas vistas, especialmente de la catedral.

Aún quedaba mañana para dar un buen paseo. Por la Glorieta.

Deteniéndonos en la modernista Casa Maller.

Casi frente a ella está el monumento a la Vaquilla del Ángel, la fiesta turolense más importante del año y cuya celebración es ancestral.

Cruzamos hacia el ensanche al sur de la ciudad por el Viaducto Nuevo.

Desde él se ve bien el Viaducto Antiguo.

Tras echar un vistazo al antiguo Asilo, otro edificio con rasgos modernistas,

Regresamos al centro por el Viaducto Antiguo.

Antes de comer, aún nos dio tiempo para echar un vistazo a algunas casas modernistas escondidas como esta en la calle La Parra.

Por la tarde encaminamos el paseo hacia las afueras. Paramos primero en la iglesia de San Francisco, admirable templo gótico, pero cuyo interior está completamente en obras.

Siguiendo adelante por la avenida de Zaragoza llegamos a la ermita del Carmen, obra modernista del arquitecto valenciano José Manuel Cortina Pérez.

Como los pies ya llevaban bastantes kilómetros ese día a buscar barecitos para tapear y catar el buen jamón turolense.

El día siguiente nos dirigimos a Albarracín. la primera parada para admirar el castillo de Santa Croche. Este castillo fue construido por la familia Heredia de Albarracín para controlar el antiguo acueducto romano, que tomaba el agua del río Guadalaviar en sus proximidades para conducirla hasta la actual Cella.

La llegada a Albarracín con sorpresa. Han convertido todo la inmensa zona de aparcamiento en zona azul. Puede que eso sea necesario en fines de semana u otras época de gran afluencia turística. No parece lógico que siendo los únicos (o casi) turistas llegados ese día a la población se tenga que pagar un euro por hora aproximadamente cuando no hay el más mínimo problema de aparcamiento. En este caso está claro que la zona azul no tiene una finalidad disuasoria o facilitadora de gestiones o visitas, sino meramente recaudatoria.

De todos modos eso no quita un ápice a la belleza de Albarracín.

Lo que es inevitable es el esfuerzo físico para disfrutar de los múltiples rincones admirables de la villa.

Vale la pena el esfuerzo para acercarse hasta sus murallas, que nos recuerdan el papel histórico de la población. Desde el siglo XI fue cabeza de un reino musulmán independiente. Último reducto islámico en Aragón fue cedido en 1170 a la familia navarra de los Azagra, que durante más de un siglo mantuvieron su independencia, no incorporándose de pleno a Aragón hasta 1300.

La plaza Mayor centra el interés turístico de la villa.

En sus alrededores abundan antiguas casonas señoriales como la de Monterde con espléndidos blasones.

Y una aldaba tan pintoresca como esta.

La falta de visitantes permitía disfrutar en soledad de los rincones, pero todo estaba cerrado.

Ya de por sí es difícil visitar las cosas en Albarracín sin contratar visitas guiadas con empresas privadas, pero ahora ni así.

El Palacio Episcopal y su Museo Diocesano para otra ocasión.

La catedral, igual.

El paisaje y las vistas afortunadamente no se ven afectadas.

Por arriba aún queda el que fue inexpugnable castillo.

Después ya empieza el descenso.

Nos acercamos hasta la zona de pinares, pero entre que era tarde, que hacía calor y que ya abundaban los mosquitos no llegamos a hacer la ruta prevista hasta las pinturas rupestres.

Habrá que volver.

Hablando de volver, al llegar a Teruel, comimos en el Mesón Óvalo donde habíamos estado hace bastantes años cuando era un referente de la nueva restauración turolense. Se sigue comiendo muy bien.

Para digerir, paso alrededor del casco antiguo. Paseo del Óvalo.

Y por la Ronda de Ambeles hasta el torreón de San Esteban, uno de los que quedan del antiguo recinto amurallado.

Y el de Ambeles, probablemente el más moderno, ya plenamente renacentista. Fue obra del ingeniero militar Ramiro López, que estuvo al servicio de Fernando el Católico,

Las antiguas Escuelas del Arrabal, edificio de trazos modernistas, son hoy sede del Archivo Histórico Provincial.

Al llegar al acueducto ya habíamos dado casi la vuelta completa.

Y poco más adelante penetramos en el interior de la urbe.

Cena de tapeo y por debajo de la torre de San Salvador al hotel. La decoración cerámica en blanco y verde sobre el ladrillo ofrece una policromía distinta según la hora del día.

El que sería nuestro último día en Teruel (por esta vez) lo tomamos con calma. Procuramos descubrir nuevas calles y rincones. La primera parada, tras el desayuno, fue la plaza Pérez Prado, donde se ubican el Seminario y la Biblioteca Pública.

Al este se alza la torre de San Martín y detrás la iglesia. La torre de San Martín es la más representativa del mudéjar turolense. Construida a principios del XIII y reformada a mediados del XVI. Intervenciones en el siglo XX y principios del XXI le han dado el actual aspecto, que intenta ser lo más parecido a la construcción original, recuperando el paso bajo ella cubierto con bóveda apuntada y devolviendo las tonalidades a las cerámicas vidriadas. La decoración de inspiración almohade combina resaltes en ladrillo, entrelazos, estrellas de ocho puntas, arcos entrecruzados mixtilíneos y lobulados, ventanas abocinadas de arco de medio punto, etc. La torre del Salvador es casi gemela de esta, que le debió servir de modelo.

Debajo de la torre queda el portal de Daroca y a la derecha la cuesta de Andaquilla.

Nos acercamos al Palacio Episcopal a ver si había alguna probabilidad de ver el Museo de Arte Sacro, pero nada de nada.

Lo que sí que era visitable a partir del jueves era la muralla. Unas escaleras conducen a la parte superior de un fragmento muy restaurado. Durante la subida en los muros de los diferentes pisos se pueden ver paneles con información histórica y algunas reproducciones de armas medievales.

Pero el interés radica en las vistas que se tiene del acueducto en la parte superior.

Y desde lo alto de la torre Bombardera sobre distintos puntos de la ciudad.

Desde las murallas fuimos callejeando hasta Los Aljibes.

De origen muy antiguo, se ubican cerca del Torico y fueron usados hasta la llegada del Acueducto.

Ya era la hora de comer y decidimos probar un gastrobar del que nos habían hablado, el Locavore. Muy interesante experiencia gastronómica.

Por la tarde, con Teruel ya bastante visto, regresamos al Museo y le dimos un repaso. Luego seguimos paseando y contemplando edificios modernistas con sus bellísimas rejas de forja como las de Casa Bayo.

Al día siguiente a casa. Buena experiencia. ¡Lástima de todo lo cerrado! ¡Volveremos!

ORENSE-BURGOS

Iniciado el mes de julio de este fatídico 2020 parecía que se iban calmando las previsiones apocalípticas de la OMS y allegados, y que el turismo -por lo menos interior-se iría regularizando. Por consiguiente, decidimos, tras el largo confinamiento y restricciones, emprender viaje Orense. Cogimos billetes en RENFE desde Lérida, reservamos el hotel en Orense y a esperar el día. Pero la víspera a primera hora oímos en las noticias que confinaban por completo la ciudad de Lérida. Tras preguntar en RENFE (allí, si te contestan al cabo de un buen rato, no saben nunca nada) decidimos anular los billetes y coger el coche ese mismo día.

Y ruta hacia Galicia. Decidimos hacer un alto en el camino y paramos en Navarrete, cerca de Logroño. En un hotel con bonitos jardines. Allí empezamos a ver los desastres originados por el terror. Mucha limpieza (eso es bueno), pero también algunas medidas ridículas e incómodas.

En el hotel pocos turistas. En la población (camino de Santiago), aún menos.

Navarrete es una pequeña población cuyo casco antiguo conoció tiempos mejores.

Guarda muchos recuerdos de su pasada nobleza.

Su monumento más relevante es la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, grandiosa construcción renacentista de tres naves..

La preside un espectacular retablo barroco en el altar mayor.

Y de buena mañana a seguir el camino. Nunca mejor dicho pues cercana al Camino de Santiago sigue la autopista y el pequeño tramo que hay que recorrer sin ella.

Pronto llegamos a los paisajes gallegos.

En el hotel, la terraza nos permitía ver Orense desde lo alto.

Dejar las maletas  e ir a comer fue algo inmediato. Y, ¡cómo no!, que no faltase el pulpo.

Repuestas las fuerzas a pasear por la ciudad. Al ser domingo y hora de la siesta, en el parque de San Lázaro, poca gente.

En la calle Santo Domingo, menos

La iglesia que da nombre a la calle, abierta, pero también vacía.

En la praça do Ferro, igual. Aún no era hora de tapeo.

Aprovechamos para echar una primera mirada a la catedral. No por conocida, menos interesante.

Entramos por la portada norte. Las tres arquivoltas, ricamente esculpidas, de la portada propiamente dicha pertenecen al románico tardío. hay modificaciones típicamente góticas pues la portada sufrió daños durante el asalto que sufrió a finales del siglo XV por parte del conde de Benavente y sus aliados.

El interior lo visitamos rápidamente pues reservamos la visita detallada para el día siguiente, pero también valía la pena verla iluminada con luz de tarde y sin multitudes.

Nave central

Bóveda del cimborio

Coro

El Pórtico del Paraíso, magnífico con cualquier luz.

El Apóstol lo custodia a todas horas.

Una pausa en un velador de la plaza de San Martín nos permitió contemplar con calma la fachada oeste.

Con un paseo por el casco antiguo orensano finalizamos la tarde.

Rúa das Tendas

Praza Maior

Santa Eufemia

La mañana del día siguiente decidimos dedicarla  ala visita a fondo de la catedral. Par dirigirnos a ella pasamos por un itinerario distinto al día anterior. Por el parque de San Lázaro.

La calle del Paseo.

Tropezamos con alguna escultura de Acisclo Manzano.

Y, tras desayunar, a la catedral. Visita con audioguía. Y también con muy poca gente.

Con la luz de la mañana, muy distintas las imágenes.

Deambulatorio

Nave central

El presbiterio lo preside el retablo gótico tardío de Cornelis de Holanda.

El museo catedralicio está ubicado en el claustro gótico, al sur de la catedral.

Se accede a él por una portada románica con interesante tímpano y arcuaciones en el interior.

No es muy grande pero contiene auténticas maravillas. Una cruz procesional atribuida a Enrique de Arfe

El Misal Auriense, primer libro impreso en Galicia, 1494.

La Virgen románica de Reza.

La Arqueta de Santa Valeria, de principios del XIII, entre otras varias piezas con esmaltes de Limoges.

Una Santa Ana Triple.

La Arqueta-relicario de Santa Eufemia, del XV.

Y, sobre todo, la extraordinaria colección conocida como Tesoro de San Rosendo, procedente de Celanova.

Con el cáliz de San Rosendo.

Las piezas fatimíes de ajedrez de cristal de roca.

El anillo del santo.

Un ara portátil del siglo XII.

Varios peines litúrgicos de marfil.

Y un precioso báculo de marfil.

Siguiendo la visita de la catedral, hay un banco de piedra adosado al muro sur en el cual hay grabados tableros para juegos. Las interminables sesiones litúrgicas debían requerir algún entretenimiento.

El pórtico del Paraíso con luz matinal es también otro pórtico.

Para recorrerlo todo hay que subir al campanario.

Y contemplar Orense desde lo alto.

Y a salir por la puerta sur del transepto.

Por la plaza de la Magdalena, presidida por el habitual cruceiro

y la iglesia de Santa María, fuimos descendiendo.

Hasta Las Burgas, los manantiales de agua caliente, símbolo de la ciudad y ya explotados en época romana.

Desde las Burgas nos acercamos por la Rúa do Progreso, una de las avenidas principales, hasta el Puente Romano (como es habitual más medieval que romano).

Tras comer bien, lo que no es difícil en Orense, una siesta para huir del calor y por la tarde subida a San Francisco, convertido en centro de  las actividades culturales ciudadanas. No pudimos visitar el claustro, pero sí ver que aún hay trabajo por hacer en la zona.

Desde los aledaños de San Francisco se disfruta de buenas vistas sobre la ciudad y su catedral.

En especial, del cimborio.

El siguiente día a Monforte de Lemos.

En el Campo de la Compañía, presidido por el Colexio de Nosa Señora da Antiga, iniciamos la visita.

De allí a la plaza España, presidia por el consabido Cruceiro.

Y hacia arriba, por las murallas y el  barrio judío.

Pasando por Santa María de Régoa

y las sucesivas puertas y restos del recinto fortificado.

hasta llegar arriba al castillo, en el Montis Forte que da nombre a la población.

Con su imponente torre del homenaje.

Sus vistas sobre la ciudad.

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El monasterio de San Vicente del Pino, convertido en Parador de Turismo.

Con su claustro neoclásico.

Al lado está el palacio de los Condes de Lemos.

Descendimos por el lado opuesto al de subida.

Y cruzando el Puente  Viejo  sobre el  río Cabe

nos dirigimos al convento de las Clarisas,

donde está instalado el Museo de Arte Sacro, una importante colección de arte barroco. Con este Cristo de Gregorio Fernández.

Y alguna obra interesante como este Calvario del siglo XIV, procedente de San Fiz de Cangas.

De Monforte fuimos a Ferreira de Pantón a ver su monasterio de Santa María, con una magnífica iglesia románica.

Y una preciosa Virgen de dicha época.

Muy cerca se halla San Miguel de Eiré.

No pudimos ver su interior, pero sí contemplar la bonita portada norte.

Siguiendo el Miño regresamos a Orense.

Por la tarde paseo por Orense.

Plaza Eugenio Montes y monumento a los Héroes del Cómic

Nuevo día. Y a uno de los pueblos más bonitos y bien cuidados de Galicia: Allariz.

Los parques, a las orillas del río Arnoia, una preciosidad.