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MYANMAR Y SINGAPUR

Viajar a países lejanos tiene un inconveniente: la duración del trayecto. En este caso, Carmina y yo salimos a primeras horas de la jornada de Graus para tomar el autocar en Barbastro y, tras la espera y trámites en el aeropuerto de Barcelona, partir en vuelo en dirección a Singapur con parada técnica en Milán de casi un par de horas. En Singapur tuvimos siete horas de espera para tomar el avión a Yagon, lo cual sumado a los cambios horarios nos hizo llegar a Yagon la tarde del día siguiente al de partida.

Aeropuerto de Singapur

Llegados al hotel, a dejar las maletas y arreando.

Había que ver la pagoda Shwedagon, la más grande y popular de Yangon. Según la tradición, se construyó para albergar unos cabellos y un trozo de tela de Buda. Fue nuestra primera experiencia caminando completamente descalzos intentando no pisar grillos e insectos varios, muy abundantes en horas nocturnas. En el centro se alza una impresionante estupa cubierta con oro y alrededor de ella multitud de templos son frecuentados a todas horas por los devotos ( y por los turistas).

La estupa

Buda reclinado

Tras cenar, a dormir, que ya tocaba.

De descanso poco porque el madrugón fue de aúpa. Un cafetito rápido y al aeropuerto, que Bagán nos espera.

El grupo en el aeropuerto de Bagán

El hotel prometía, pero había tanto por hacer …

Empezamos con la visita al mercado. Algo turistizado, lo más interesante los puestos de frutas y verduras.

Bagán tiene más de dos mil templos y pagodas. Visitarlos todos es imposible, pero surgen por doquier en toda la llanura. Empezamos con la impresionante pagoda Shwezigon, de fines del siglo XI.

Pagoda Shwezigon

La monja siguiendo el precepto “primum manducare”

A continuación, el templo Htilominlo.

Templo Htilominlo

Junto al templo Htilominlo vimos las primeras mujeres-jirafa.

Mujeres-jirafa

En cualquier sitio surgen los templos.

La pagoda Manuha Phaya contiene tres imágenes de Buda sentado y una en posición reclinada de más de cincuenta metros.

La cabeza del Buda reclinado

Comida junto al río y un ratito de descanso en el hotel para evitar las horas de sol más fuerte.

Luego, más templos.

Para finalizar a la pagoda Shwesandaw hasta la puesta de sol.

Pagoda Shwesandaw

Vista desde la pagoda Shwesandaw

También había en la pagoda Shwesandaw una familia de mujeres-jirafa.

Dos generaciones

La abuela con los veinticinco anillos completos

Las marionetas, como es habitual en Myanmar, nos amenizaron la cena.

A descansar, masajes quien quiso y a esperar el próximo día.

El día amaneció espléndido. Nada mejor para tomar con  ánimo el recorrido de templos y pagodas.

Comezamos con  el templo Ananda phaya. A mi fue el que más me gustó.

Templo Ananda phaya

En su planta en cruz griega contiene una gran imagen de Buda en cada una de sus caras.

Una de las imágenes de Buda en Ananda phaya

Muy interesantes son los frisos y esculturas que cubren sus muros exteriores.

No acaban nunca de sorprenderte las continuas imágenes de templos en cada rincón al que dirijas la vista.

Continuamos con el monasterio de Nathtaung Kyaung, construido en madera de teca.

Pagodas y pagodas.

Una pausa en el pagodeo y a ver un taller de laca. El trabajo completamente manual y artesano.

A comer, que por la tarde aún quedan pagodas.

La gente en Myanmar viste habitualmente al modo tradicional. Hombres y mujeres usan el “longui” un tubo de tela anudado que cubre las piernas y para el torso usan blusas sin botones. La salida de la tarde contó con neófitos en el uso de esas prendas.

Algunos del grupo con atuendo birmano

Es habitual hacer la visita a ls pagodas con calesas tiradas por bueyes. Ha de ser al atardecer por el excesivo calor húmedo de primeras horas de la tarde.

Dejamos los templos para dirigirnos al río Ayeyarwady, el más largo e importante del país, a contemplar el atardecer desde una barca.

El río sirve para todo: el lavado de ropa y el aseo personal conviven.

La puesta de sol en silencio, con todas las barcas que había en el río con el motor parado, espectacular.

Tras la estupenda experiencia, cena-espectáculo. De marionetas, evidentemente. Como las historias son muy similares, creo que acabaremos entendiendo el argumento.

Sin madrugar en exceso, de Bagán salimos hacia Mandalay en autocar con parada en el conocido Monte Popa. Dado el estado de las carreteras birmanas, éste fue nuestro único trayecto largo en el que no usamos el avión.

A poco de la salida hicimos una parada en un pequeño poblado donde conviven las actividades tradicionales con las ventas al turista. Vimos como recogían el azúcar de palma con el cual hacían caramelos y destilaban un aguardiente que mezclaban con el de arroz.

El abuelo con los nietos y el buey en el molino de siempre

La palmera con sus recipientes para recoger el líquido azucarado

Un chico realizaba artesanalmente interesantes figuras con las hojas de palma.

De la palma se aprovecha todo

Sin más paradas hacia el monte Popa. Lo más conocido del Monte Popa es el monasterio Popa Taungkalat, situado pintorescamente en un promontorio. Está dedicado a los “nats” (espíritus de los antepasados). Los devotos acuden preferentemente en las lunas llenas cercanas a los solsticios.

Subir al monasterio tiene algo de aventura. Hay 777 escalones, que hay que subir descalzo. Abundantes monos, a veces agresivos, a veces ladrones, y siempre depositantes de sus excrementos en las escaleras, dan más aliciente al ascenso.

El promontorio

En los alrededores del monasterio, aprovechando la afluencia de público, se ha instalado un mercadillo dedicado preferentemente a ofrendas a los espíritus y a ungüentos, piedras y otros objetos de propiedades mágicas.

En un palo del que cuelgan dos cestas a modo de balanza se transportan dichos productos.

Como en cualquier otro sitio de Myanmar, también es habitual aquí ver monjes y monjas recogiendo la comida que durante las mañanas les es ofrecida. Monjes y monjas van ambos rapados. Se diferencian por el color de su túnica, que en las monjas es exclusivamente rosada.

Monjas recogiendo donativos

Para comer subimos hasta el Popa Mountain Resort con unas vistas extraordinarias.

El promontorio con el monasterio desde el restaurante

El grupo tras la comida

En el largo trayecto hacia Mandalay ibamos encontrando continuamente pequeños poblados.

A Mandalay llegamos ya de noche con poco más que hacer que cenar y dormir.

El primer día en Mandalay lo dedicamos a las antiguas capitales birmanas situadas en los alrededores: Amarapura, Ava y Sagaing.

Comenzamos en Amarapura con la visita al monasterio Mahagandayon. En él habitan más de un millar de monjes y novicios. Los monjes en su rutina diaria salen por las mañanas a solicitar comida, que la gente les va dando y les permite preparar su desayuno y almuerzo. Por la noche ya no comen. Cuando llegan al monasterio forman una interminable fila con sus recipientes y se dirigen al comedor entre hileras de gente que les van ofreciendo dádivas: comida, cepillos de dientes, bolígrafos, dinero, …

La larga fila

Un grupo de novicios

Un par de rezagados

Al monasterio acuden diariamente muchos voluntarios que ayudan a preparar y servir las comidas o en cualquier otra función.

Preparando la comida

Ayudando a repartir

Las túnicas de los monjes no son en Myanmar mayoritariamente naranjas como en otros lugares, más bien predominan las de colores rojizos oscuros.

Túnicas secándose

Los novicios, que pueden serlo temporalmente o quedarse para siempre, van aprendiendo de los más iniciados.

Monje y novicio

De Amarapurna a Ava. Primero al autocar, luego a atravesar el río en barca.

Hallamos una más de las diversas estaciones de peaje que hay en las carreteras. Son de lo más auténtico.

Peaje de alta tecnología

Cruzar el río fue en este caso un trayecto muy corto.

El recorrido hacia el monasterio de Bargayar ya fue más complicadillo. Las calesas, por caminos no muy llanos, ofrecen unos masajes lumbares de envergadura. El entorno, sin embargo, magnífico.

Mientras los turistas a lo suyo: la foto, el transportista a ajustar la rueda en el eje para evitar males mayores

Los monasterios ofrecen múltiples funciones. En el de Bargañar pudimos ver una escuela.

La talla en madera es una de las cosas a destacar en templos o monasterios.

Monasterio de Bargayar

Tras el de Bargañar, otro monasterio. el problema es que había que seguir en calesa. Precioso, pero desriñonador.

El monasterio  Okkyaung es del siglo XIX y no se halla en estos momentos activo.

Monasterio de Okkyaung

Regreso al río en calesa y nueva travesía.

Durante el trayecto al restaurante aún pudimos ver la abundancia de templos y monasterios de los alrededores de Mandalay.

Tras la comida, una excursión inolvidable. Subida a la colina Sangaing y a disfrutar de unas vistas que superaron todas las previsiones.

El templo de la colina tampoco carecía de interés, si bien las panorámicas casi hacian olvidarlo.

Templo Umin Thounzeh, enla colina Sagaing

Las caminonetas de subida y bajada de la colina muy rápidas e incómodas, pero nada a comparar con el masaje de las calesas.

Regresamos a Amarapurna para ver y recorrer el puente U bei. El puente de teca más largo del mundo.

En el puente se puede pasear, pescar, comerciar o sencillamente sentarse y contemplar el río.

El día siguiente comenzó con la visita al monasterio Shwenandaw o Palacio dorado. Mandado construir por el rey Mindon en el siglo XIX, ha perdido casi todo el oro que lo recubría, pero conserva unas primorosas tallas en madera de teca.

Algunas de ellas manifiestan criterios poco birmanos, poniendo de relieve como intervinieron en la construcción técnicos europeos.

Ángel que nos resulta muy familiar

Par ir a Mingún tuvimos que coger un barco.

Cabañas junto al río

La cantidad de barcos, que se ven a todas horas descendiendo por el río, transportando madera de teca hace pensar en el grave peligro de deforestación de los bosques birmanos.

Al cabo de una hora llegamos a Mingún.

Llegada a Mingún

El principal atractivo de Mingún es la pagoda inacabada. Construida a finales del siglo XVIII, el rey Bodawpaya decidió no finalizarla por los negativos augurios de los astrólogos. Un terremoto en 1839 la afectó profundamente. Sin embargo, pese a augurios y a terremotos, los restos son impresionantes.

Pagoda inacabada

El rey Bodawpaya también encargó para la pagoda una campana enorme. De unas 90 toneladas, es la campana más grande del mundo capaz de sonar (la situada en el Kremlin de Moscú es mayor, pero está rota y nunca llegó a tocar). Se puede contemplar en un edificio cercano.

A unos doscientos metros de la campana se halla la Pagoda Myatheindan o Hsinbyume, que com ambos nombres se la conoce. Diferente de cualquier otra, la mandó construir el rey Bagyidaw en 1816 dedicándola a la memoria de una de sus esposas que murió de parto.

Pagoda Hsinbyume

Otra vez al barco y a Mandalay.

Embarcadero improvisado

Comida al lado del río y con marionetas para no perder la costumbre. Tras la comida visitamos un par de los nuevos centros comerciales. Sin interés excepto el de darse cuenta de como poco a poco la sociedad de consumo va penetrando en Myanmar.

Nos dirigimos después a la pagoda Kuthodaw, obra del siglo XIX. En ella, alrededor de la estupa central, se levantan 729 monolitos de mármol blanco, en cada uno de los cuales está grabada una página de las más antiguas escrituras sagradas budistas. Los birmanos definen este conjunto como “el libro más grande y pesado del mundo”.

Estupa central

Los monolítos de mármol

Los birmanos se caracterizan por ofrecer su amabilidad y sus mejores sonrisas a los visitantes.

Madre e hijo en la pagoda Kuthodaw

Otra vez en camionetas para ascender a la colina Mandalay a ver la puesta de sol. El espectáculo magnífico.

Desde la colina Mandalay

La puesta de sol

Tras la cena asisitimos a un espectáculo folklórico (de los ex profeso para turistas).

Ya notábamos a faltar aeropuertos y aviones, así que de buena mañana a coger el vuelo hacia Heho.

Aeropuerto de Heho. Nuestro avión

De camino a buscar la canoa que nos lleve al hotel del lago Inle, aún paramos para apreciar un taller de fabricación de sombrillas …

y otro monasterio.

La experiencia con la canoa por el canal y el lago interesantísima.

La llegada al hotel y la bienvenida fueron ruidosas.

Desembarco en el hotel

Los ¿músicos? recepcionistas.

Las habitaciones del hotel y la ubicación de éste francamente bucólicos.

Otra vez a la canoa (única forma de acceder o de abandonar el hotel), a comer en un restaurante también sobre el lago y a conocer la vida sobre él y en los poblados situados sobre el agua.

La comida

Visitamos un taller de seda situado también sobre el lago, donde las abuelas eran las protagonistas del trabajo.

Casas, poblados y cultivos del lago nos siguieron ocupando la tarde.

Los huertos flotantes de tomates, cultivados y recolectados desde la barca son uno de los atractivos del lago Inle.

Cultivos de tomates

Remando al modo clásico del lago entre las tomateras

¡A coger tomates!

Cada imagen de las que nos afrece la vida en el lago merecería ser retenida horas.

La barca puede ser también puente

Con la caída del sol no se puede hacer más que regresar al hotel y descansar.

Sin madrugones intempestivos, pero tampoco con demoras iniciamos otro día de traslados en canoa.

Pescando de buena mañana

Nuestra primera visita fue al templo Phaung Daw Oo y al mercado adyacente al mismo. El templo es el más importante del lago Inle. En su interior, en el centro, constiene cinco imágenes de Buda, deformadas por completo debido a las cantidades de pan de oro que se les ha puesto encima. Por cierto, acercarse a las estatuas para poner pan de oro es actividad reservada exclusivamente a los hombres.

Llegada al templo

Dos hombres colocando pan de oro en los Budas

Mucho más interesante que el templo nos resultó el mercado. Allí acuden los lugareños del lago y gentes de las tribus y poblados vecinos. Había muy pocos turistas y era posible contemplar la variabilidad de productos y vestimentas, el consumo y preparación de sus alimentos y sus formas de regateo y transacción.

Abuelas que no saben nada de la ley antitabaco

La sonrisa birmana

Los remos, uno de los productos importantes del mercado

Los puestos de comida abundan en el mercado. Al observarlos lo que me quedó claro es que no tiene nada que ver lo que ellos comen con lo que nos dan a los turistas en hoteles y restaurantes. La única solución para comer auténtica comida birmana es hacerlo fuera de los locales turísticos.

Acabamos la mañana en el Monasterio Nga Phe Kyaung, llamdo también de los gatos saltarines porque al parecer hace un tiempo un monje enseñaba a los gatos acrobacias circenses, pero el monje murió y los gatos que hay actualmente en el monasterio se limitan a comer y dormir. Visita totalmente prescindible.

En el restaurante en que comimos nos intentaron agradar ofreciéndonos tortilla de patatas. La verdad es que acercarnos a la comida birmana se hace difícil.

Por la tarde remontamos el río en dirección a la zona arqueológica de pagodas de Inn Thein.

Los bosques de bambú forman parte del paisaje.

El río es también aquí suministro de agua, alcantarillado y zona de baño.

Tras un largo pasillo cubierto repleto de tenderetes se accede a la zona arqueológica. En ella sorprende la cantidad de templos, pero no más que la cantifdad de imágenes, relieves y otros restos arqueológicos fáciles de transportar y que pueden desapaprecer sin el más mínimo control o vigilancia. De todos modos, el lugar es hermoso y disfrutar de él en silencio y con poca gente una maravilla.

Al día siguiente hubo que dejar el lago Inle para regresar al aeropuerto de Heho y volar a Yagon.

En Yangon visitamos primero el mercado Bogyoke para realizar las últimas compras. En él combinan tiendas modernas con otras que mantienen las actividades más tradicionales.

Después a la pagoda Chaukhtatgyi, cuyo máximo interés reside en la gigantesca estatua del Buda reclinado, que contiene. Esta estatua fue realizada a principios del siglo XX, pero su estado de deterioro hizo que la sustituyesen por una nueva, finalizada en 1966, algo más grande que la anterior. En Birmania les agrada el concepto de “el más …” en cualquier cosa.

Aún hubo tiempo para una breve parada en la pagoda Sule.

Esta vez tuvimos tiempo para recrearnos en las estupendas vistas desde el hotel. A un lado la pagoda  Shwedagon y al otro el lago Kandawgyi.

El lago Kandawgyi

Para finalizar en la cena del hotel contamos con espectáculo folklórico.

Despedida de Myanmar y a Singapur. El choque es brutal. Pasar de la calma de los poblados, la sencillez de su gente y el encanto de los mercados de Myanmar a los rascacielos mastodónticos, las más nuevas tecnologías y la locura consumista de Singapur no es fácil de digerir de golpe.

Para no desentonar de la ciudad nuestra visita fue bastante acelerada. La iniciamos en el Jardín Botánico y su magnífica colección de orquídeas. Hasta los no demasiado aficionados a la jardinería quedamos deslumbrados ante la belleza de esas plantas.

A continuación iniciamos un recorrido panorámico por la ciudad con breves paradas. La primera fue en el Barrio Indio.

La siguiente fue ante el complejo Marina Bay Sands, de arquitectura ultramoderna y que pretende ser Las Vegas del sudeste asiático. Allí se nos hizo de noche.

Después nos acercamos al Barrio Chino.

En el Barrio Chino aún nos dio tiempo para visitar el templo hindú Sri Mariamman con su vistosa torre a la entrada.

Sri Mariamman Temple

La cena fue en un típico restaurante chino donde probamos los populares cangrejos en salsa picante.

El siguiente día lo aprovechamos dando unpaseo por el barrio malayo.

Mezquita del Sultán

Lo siguiente fue acercarnos al hotel Raffles a descansar un poco y a tomar alguna cosa.

Después a visitar el compeljo de Marina Bay Sands, donde ya nos quedamos a comer.

La tarde fuimos a pasarla en Orchard Road, paraiso de las compras y el consumo sin límites (¿Un Mundo Feliz?).

Al atardecer al hotel a recoger las maletas y hacia el aeropuerto para regresar a España.

Y sin más novedades al día siguiente por la mañana llegábamos a casa. Hasta la próxima.

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