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ORENSE-BURGOS

Iniciado el mes de julio de este fatídico 2020 parecía que se iban calmando las previsiones apocalípticas de la OMS y allegados, y que el turismo -por lo menos interior-se iría regularizando. Por consiguiente, decidimos, tras el largo confinamiento y restricciones, emprender viaje Orense. Cogimos billetes en RENFE desde Lérida, reservamos el hotel en Orense y a esperar el día. Pero la víspera a primera hora oímos en las noticias que confinaban por completo la ciudad de Lérida. Tras preguntar en RENFE (allí, si te contestan al cabo de un buen rato, no saben nunca nada) decidimos anular los billetes y coger el coche ese mismo día.

Y ruta hacia Galicia. Decidimos hacer un alto en el camino y paramos en Navarrete, cerca de Logroño. En un hotel con bonitos jardines. Allí empezamos a ver los desastres originados por el terror. Mucha limpieza (eso es bueno), pero también algunas medidas ridículas e incómodas.

En el hotel pocos turistas. En la población (camino de Santiago), aún menos.

Navarrete es una pequeña población cuyo casco antiguo conoció tiempos mejores.

Guarda muchos recuerdos de su pasada nobleza.

Su monumento más relevante es la iglesia de Nuestra Señora de la Asunción, grandiosa construcción renacentista de tres naves..

La preside un espectacular retablo barroco en el altar mayor.

Y de buena mañana a seguir el camino. Nunca mejor dicho pues cercana al Camino de Santiago sigue la autopista y el pequeño tramo que hay que recorrer sin ella.

Pronto llegamos a los paisajes gallegos.

En el hotel, la terraza nos permitía ver Orense desde lo alto.

Dejar las maletas  e ir a comer fue algo inmediato. Y, ¡cómo no!, que no faltase el pulpo.

Repuestas las fuerzas a pasear por la ciudad. Al ser domingo y hora de la siesta, en el parque de San Lázaro, poca gente.

En la calle Santo Domingo, menos

La iglesia que da nombre a la calle, abierta, pero también vacía.

En la praça do Ferro, igual. Aún no era hora de tapeo.

Aprovechamos para echar una primera mirada a la catedral. No por conocida, menos interesante.

Entramos por la portada norte. Las tres arquivoltas, ricamente esculpidas, de la portada propiamente dicha pertenecen al románico tardío. hay modificaciones típicamente góticas pues la portada sufrió daños durante el asalto que sufrió a finales del siglo XV por parte del conde de Benavente y sus aliados.

El interior lo visitamos rápidamente pues reservamos la visita detallada para el día siguiente, pero también valía la pena verla iluminada con luz de tarde y sin multitudes.

Nave central

Bóveda del cimborio

Coro

El Pórtico del Paraíso, magnífico con cualquier luz.

El Apóstol lo custodia a todas horas.

Una pausa en un velador de la plaza de San Martín nos permitió contemplar con calma la fachada oeste.

Con un paseo por el casco antiguo orensano finalizamos la tarde.

Rúa das Tendas

Praza Maior

Santa Eufemia

La mañana del día siguiente decidimos dedicarla  ala visita a fondo de la catedral. Par dirigirnos a ella pasamos por un itinerario distinto al día anterior. Por el parque de San Lázaro.

La calle del Paseo.

Tropezamos con alguna escultura de Acisclo Manzano.

Y, tras desayunar, a la catedral. Visita con audioguía. Y también con muy poca gente.

Con la luz de la mañana, muy distintas las imágenes.

Deambulatorio

Nave central

El presbiterio lo preside el retablo gótico tardío de Cornelis de Holanda.

El museo catedralicio está ubicado en el claustro gótico, al sur de la catedral.

Se accede a él por una portada románica con interesante tímpano y arcuaciones en el interior.

No es muy grande pero contiene auténticas maravillas. Una cruz procesional atribuida a Enrique de Arfe

El Misal Auriense, primer libro impreso en Galicia, 1494.

La Virgen románica de Reza.

La Arqueta de Santa Valeria, de principios del XIII, entre otras varias piezas con esmaltes de Limoges.

Una Santa Ana Triple.

La Arqueta-relicario de Santa Eufemia, del XV.

Y, sobre todo, la extraordinaria colección conocida como Tesoro de San Rosendo, procedente de Celanova.

Con el cáliz de San Rosendo.

Las piezas fatimíes de ajedrez de cristal de roca.

El anillo del santo.

Un ara portátil del siglo XII.

Varios peines litúrgicos de marfil.

Y un precioso báculo de marfil.

Siguiendo la visita de la catedral, hay un banco de piedra adosado al muro sur en el cual hay grabados tableros para juegos. Las interminables sesiones litúrgicas debían requerir algún entretenimiento.

El pórtico del Paraíso con luz matinal es también otro pórtico.

Para recorrerlo todo hay que subir al campanario.

Y contemplar Orense desde lo alto.

Y a salir por la puerta sur del transepto.

Por la plaza de la Magdalena, presidida por el habitual cruceiro

y la iglesia de Santa María, fuimos descendiendo.

Hasta Las Burgas, los manantiales de agua caliente, símbolo de la ciudad y ya explotados en época romana.

Desde las Burgas nos acercamos por la Rúa do Progreso, una de las avenidas principales, hasta el Puente Romano (como es habitual más medieval que romano).

Tras comer bien, lo que no es difícil en Orense, una siesta para huir del calor y por la tarde subida a San Francisco, convertido en centro de  las actividades culturales ciudadanas. No pudimos visitar el claustro, pero sí ver que aún hay trabajo por hacer en la zona.

Desde los aledaños de San Francisco se disfruta de buenas vistas sobre la ciudad y su catedral.

En especial, del cimborio.

El siguiente día a Monforte de Lemos.

En el Campo de la Compañía, presidido por el Colexio de Nosa Señora da Antiga, iniciamos la visita.

De allí a la plaza España, presidia por el consabido Cruceiro.

Y hacia arriba, por las murallas y el  barrio judío.

Pasando por Santa María de Régoa

y las sucesivas puertas y restos del recinto fortificado.

hasta llegar arriba al castillo, en el Montis Forte que da nombre a la población.

Con su imponente torre del homenaje.

Sus vistas sobre la ciudad.

.

El monasterio de San Vicente del Pino, convertido en Parador de Turismo.

Con su claustro neoclásico.

Al lado está el palacio de los Condes de Lemos.

Descendimos por el lado opuesto al de subida.

Y cruzando el Puente  Viejo  sobre el  río Cabe

nos dirigimos al convento de las Clarisas,

donde está instalado el Museo de Arte Sacro, una importante colección de arte barroco. Con este Cristo de Gregorio Fernández.

Y alguna obra interesante como este Calvario del siglo XIV, procedente de San Fiz de Cangas.

De Monforte fuimos a Ferreira de Pantón a ver su monasterio de Santa María, con una magnífica iglesia románica.

Y una preciosa Virgen de dicha época.

Muy cerca se halla San Miguel de Eiré.

No pudimos ver su interior, pero sí contemplar la bonita portada norte.

Siguiendo el Miño regresamos a Orense.

Por la tarde paseo por Orense.

Plaza Eugenio Montes y monumento a los Héroes del Cómic

Nuevo día. Y a uno de los pueblos más bonitos y bien cuidados de Galicia: Allariz.

Los parques, a las orillas del río Arnoia, una preciosidad.

Las calles del pueblo también.

La iglesia de San Pedro, con elementos románicos y góticos, la hallamos cerrada. Desgraciadamente, lo mismo nos pasó con otras.

El monumento a la Festa do Boi, tradición de origen medieval que se mantiene en la actualidad.

en la parte alta de la población se encuentra el Campo da Barreira, que al sur, en un extremo tiene la iglesia de San Benito.

Y en sus inmediaciones dos bellos cruceiros del siglo XVI.

En la misma plaza está el convento de Santa Clara, en cuyo museo hay una pieza de valor excepcional. Una Virgen Abrideira de marfil,  del siglo XIII, que perteneció a la reina Violante, esposa de Alfonso X.

Cualquier rincón de la población tiene su interés.

Cruceiros y hórreos.

Antiguas murallas.

Fuentes.

Iglesias como la de San Esteban. Cerrada, naturalmente.

Pero con una espléndida colección de canecillos en su muro sur.

La Plaza Mayor es el centro de la vida ciudadana. En ella destaca la iglesia románica de Santiago, auténtico museo escultórico.

Con dos magníficas portadas. Al oeste.

Y al sur.

En la misma plaza está la Paneira, edificio del siglo XV, que funcionó como institución de crédito agrícola.

Nos quedaba la subida al castillo. De él queda poca cosa.

Lo mejor las vistas sobre la población.

Durante el descenso pasamos de nuevo por la iglesia de Santiago.

Y nos acercamos a la de Santa María de Vilanova, también de origen románico.

Junto a ella, el único cruceiro de la población que conserva su emplazamiento original. Todos siguen un modelo similar. El Crucificado en el anverso y la Piedad en el reverso.

Un último paseo por la zona cercana al río.

Y a cruzar el puente, para seguir después por la orilla derecha en un magnífico paseo

hasta el Puente Románico, cercano a Santa María de Vilanova.

Llegamos a comer a Celanova y, aunque ya era tarde, aún nos dieron de comer.

Desafortunadamente, el monasterio no era visitable por alguna razón relacionada con el coronavirus.

Regreso a Orense. Al atardecer, cena en un establecimiento de la zona de tapeo, recomendados por un amigo. Sencillo, pero buen trato y buen género.

Nuestro último día en Orense lo empezamos yendo a uno de los lugares emblemáticos de la Ribeira Sacra, San Pedro de Rocas.

Como solemos madrugar, aún estaba cerrado, lo que nos permitió recorrerlo con sus alrededores en completa soledad.

El paraje es propio para que habiten meigas y trasgos. De existir, están ahí.

Cerca de las construcciones todo se ve más actualizado.

La vida eremítica ne la zona tiene su origen en el siglo VI y perduró hasta el siglo XV, cuando estaba en plenitud el monasterio.

Tumbas antropomorfas aparecen por doquier.

Entre construcciones de diversas épocas.

La recogida de aguas era esencial para la vida comunitaria.

El paisaje, sensacional.

A las diez abrieron y pudimos ver la iglesia cuya cabecera son tres cuevas abiertas en la roca. Siendo la más interesante la central.

La iglesia románica, cuyas naves son perpendiculares a las cuevas, es también interesante.

Por maravillosos paisajes y por las curvilíneas y tobogánticas carreteras gallegas desde San pedro nos dirigimos a nos dirigimos a San Esteban de Ribas del Sil.

Fue este el principal monasterio de la Ribeira Sacra. Actualmente alberga un Parador de Turismo.

Poco queda de época medieval,  siendo  lo que  vemos ahora  principalmente  obra renacentista.

La iglesia, de base románica, fue modificada en el siglo XVI, construyéndose sus bóvedas, y en su fachada en los siglos XVII y XVIII.

Conserva tres claustros. El de los Caballeros, a la entrada del monasterio.

El acceso a las plantas superiores se efectúa a través de una monumental escalera.

Otro claustro es el Menor o do Viveiro, llamado así porque llenábase a veces de agua para tener truchas disponibles.

Y el último, el de los Obispos, es el más antiguo.

A la entrada (o salida) del monasterio nos recibe (o nos despide, según se mire) un cruceiro.

Vuelta a Orense por terrenos poblados de hórreos y cruceiros.

Por la tarde de nuevo a Las Burgas a llevarnos el recuerdo de sus cálidas y terapéuticas aguas.

La ventaja de ir con vehículo propio es que paras donde quieres, y eso hicimos al regreso. Un par de días en Burgos, que completaron muy bien el viaje.

Alojados en el hotel ubicado en el palacio de la Merced, casi justo enfrente de la catedral, al otro lado del Arlanzón, no podíamos estar más céntricos.

A cruzar el río.


Y por el Arco de Santa María

a la catedral.

Pero se acercaba mediodía y no era el momento de visitas turísticas, sino más bien gastronómicas. Las cercanías ofrecen lo más tradicional y lo más innovador. Era pronto y podíamos elegir antes de que todo quedase abarrotado.

Por la tarde al Museo de la Evolución Humana. Ya habíamos estado en Burgos tras su inauguración, pero no habíamos ido.

Las instalaciones impactan.

Pero los descubrimientos de Atapuerca, eje central del  museo, lo merecen.

Algunas instalaciones estaban a medio ritmo o sin funcionar debido al dichoso virus.

Por el puente de San Pablo cruzamos el río.

Al otro lado nos recibía el monumento al héroe castellano por excelencia, El Cid.

Y el centro de la ciudad, aunque pronto nos refugiamos en una cafetería hasta la hora de cenar, porque Burgos hacía honor a su leyenda de que solo tiene dos estaciones, invierno y la del ferrocarril, y el fresquito no era lo esperado en un mes de julio.

El día siguiente era para hacer una buena visita a la ciudad. Entramos por el Arco de Santa María.

Y como aún estaba cerrada la catedral, empezamos con la iglesia gótica de San Nicolás.

Todo el edificio y su contenido son de gran interés, pero el resto queda eclipsado por el retablo, obra de Simón de Colonia y su hijo Francisco, uno de los más monumentales del Renacimiento en Castilla.

Luego a dar la vuelta a la catedral.

Y a disfrutar de sus portadas. la de la Coronería al norte.

La fachada principal o de Santa María al oeste.

Y la del Sarmental, por la que hicimos la entrada, al sur.

El interior merece muchos pasos y tiempo.

Curiosidades como el Papamoscas, que abre la boca con las horas.

Y maravillas artísticas de diversas épocas como el retablo de la capilla de Santa Ana de Gil de Siloé.

En la misma capilla, en un lateral, una Santa Ana Triple de las que tanto me gustan. Es obra de Diego de Siloé.

Entre lo más conocido y monumental de la catedral está la escalera de Gil de Siloé, que permitía descender al interior desde la puerta de la Coronería.

El cimborio de la nave central es espectacular.

El retablo del altar Mayor es delos hermanos de la Haya con la colaboración de Simón de Bueras.

En la capilla de la Natividad de la Virgen llama la atención su retablo, muestra de la escultura manierista.

La capilla de los Condestables es tal vez la más relevante de toda la catedral. La presiden los sepulcros de sus benefactores, Pedro Fernández de Velasco y su esposa doña Mencía de Mendoza. Las obras de la capilla las dirigió Simón de Colonia.

Entre los retablos de la capilla hay uno dedicado a Santa Ana, con esta imagen de Gil de Siloé.

En el claustro está instalado el museo catedralicio.

Su contenido es riquísimo. Abundan los esmaltes de Limoges como este Cristo románico.

Hay obras de Gil de Siloé.

Preciosos portapaces esmaltados gótico-renacentistas.

Este Cristo atado a la columna de Diego de Siloé.

De la catedral a la Plaza Mayor y a comer en sus aledaños.

Por la tarde una de las joyas burgalesas menos visitada. el Museo de Burgos con obras de la ciudad y provincia, que van desde la Prehistoria a las últimas vanguardias. Estábamos solos.

Lo primero que se nos presenta es una amplia colección de estelas, lápidas y miliarios romanos.

En la parte dedicada a la prehistoria Atapuerca, como era de esperar, ocupa un lugar preeminente.

De la segunda Edad del Hierro (IV-I a. C.) es la amplia colección de objetos hallados en la necrópolis de Miraveche.

De esa y otras procede un amplio surtido de navajas de afeitar.

Y de juguetes.

La época romana está ampliamente representada.

Resultan admirables objetos que han llegado a ´pocas cercanas sin demasiadas modificaciones como este brasero.

Tras Roma vienen los restos visigóticos.

Y mozárabes como esta ara de altar.

De Santo Domingo de silos proceden diversas arquetas.

La Virgen de las Batallas, felizmente recuperada tras muchos años de errar por el mundo, considera la leyenda que es la que llevaba consigo Fernán González, aunque haya un problema de compatibilidad cronológica, pero si lo dice la leyenda …

La Virgen de Buniel conserva aún todos los rasgos del románico.

otravezlaleyenda

Otra vez la leyenda. Uno d elos grandes atractivos del museo es la espada del Cid, conocida como la Tizona.

Del museo a cenar. El ambiente en Burgos era similar al anterior a la invasión vírica.

Caída la noche no decaía el ambiente en las calles y eso que en muchas terrazas funcionaban los calefactores debido al frío.

Una última mirada al emblema de Burgos y al hotel.

A dormir, madrugar, hacia Graus y fin del viaje.

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