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GALICIA. 2018

Octubre no parecía una época ideal para ir a Galicia por eso de las lluvias y el mal tiempo, pero allí fuimos y el tiempo no pudo estar mejor.

El viaje en autocar, muy largo. Salida de Graus muy temprano y a hacer kilómetros con frecuentes paradas para estirar las piernas.

A comer ya en León.

Aún hubo tiempo de tomar un café y echar un vistazo a su catedral, la “Pulchra Leonina”, que teníamos a unos pasos.

A esa hora estaba cerrada, pero siempre es un placer contemplarla aunque solo sea exteriormente.

En la calle Ancha había, como siempre, animación.

Otra vez a hacer kilómetros. Quien tuvo suerte también la siesta. Los que no, a ver paisaje. Cada vez más verde conforme nos acercábamos a Galicia.

Finalmente a El Grove. Al hotel, a cenar y a dormir y descansar con las piernas estiradas, que falta hacía.

Ya repuestos, el día siguiente hacia Pontevedra. Por el camino numerosas viñas de albariño.

En Pontevedra paramos junto a San Roque.

Y por la Alameda, bordeada por los principales edificios públicos de la ciudad, nos acercamos al centro.

Las ruinas de la iglesia gótica del convento de Santo Domingo con cinco ábsides aparecen al borde del casco antiguo.

A escasa distancia se halla el Ayuntamiento.

Siempre es un placer callejear por las calles y plazas de Pontevedra. Más en un día espléndido que me recordaba la última visita hace un par de años entre continuos chaparrones.

En la praça das Cinco Rúas, donde vivió Valle Inclán, se levanta un crucero de finales del siglo XVIII.

Otra de las plazas con interesantes muestras de arquitectura nobiliaria y popular es la de Teucro, que lleva el nombre del troyano Teucro, fundador legendario de la ciudad.

La plaza de la Herrería presidida por la iglesia de San Francisco es uno de los centros de la vida ciudadana.

No podíamos irnos de allí sin echar un vistazo a la iglesia de la Peregrina, patrona de la provincia y del Camino de Santiago Portugués.

Desde Pontevedra nos acercamos a Combarro, pueblo marinero muy conocido por la gran cantidad de hórreos que conserva, una treintena de ellos sobre la costa.

También hay varios cruceiros por sus calles.

Y construcciones populares construidas sobre la misma roca.

No se puede dejar la población sin tomar algo de pulpo o marisco en alguna de las tasquitas y terrazas distribuidas entre los hórreos y el mar.

Esa sensación a veces tan gallega de que no hay prisa se experimenta en Combarro.

Regresamos a El Grove entre otras apacibles poblaciones.

Esas sensaciones calmadas aún se repiten más entre las marismas que se cruzan a la llegada a El Grove.

Por la tarde, otra vez entre viñedos de albariño, hacia Arosa.

Ría arriba el paisaje es algo distinto.

Y en el puerto las embarcaciones mejilloneras y de recreo nos ofrecen otra visión.

Luego a Cambados, capital del albariño. El pazo de Fefiñáns guarda en sus bajos alguna de las más antiguas bodegas.

Al otro lado de la plaza la iglesia dedicada a San Benito, santo que cura enfermedades de la piel, sobre todo verrugas. Eso sí, hay que comprar el aceite bendecido en la iglesia.

También son “curativos” los vinos y aguardientes gallegos, que pueden adquirirse en distintos lugares de la villa.

En el pequeño casco antiguo no faltan los cruceiros.

Ni los pequeños oratorios devocionales.

A El Grove otra vez y hoy a la Festa do Marisco a probar las zamburiñas. Excelentes en octubre.

El día siguiente hacia Vigo.

Un recorrido primero por sus empinadas calles con el autocar y subida al Monte del Castro para visitar su fortaleza y sus jardines.

Y contemplar Vigo desde su mirador.

Luego al centro. Echamos un vistazo a la antigua colegiata de Santa María, hoy concatedral de la neodiócesis Tuy-Vigo, siguiendo la moda de rehacer las diócesis para que queden contentos los de las ciudades más pobladas. Decisión indudablemente más política que de respeto a la historia.

Es un edificio neoclásico de principios del siglo XIX.

Tienen un cierto interés los mosaicos de su cabecera.

Las callejas que rodean la catedral recuerdan el Vigo con sabor a pueblo de no hace tanto tiempo.

Muy cerca de la concatedral está el hoy vacío Mercado de la Piedra, que no hace muchos años ofrecía todo tipo de ropas de marcas falsificadas y algunos productos de contrabando.

Y también la conocida calle de las Ostras, donde aún se pueden comprar éstas directamente  las vendedoras y tomártelas en alguno de los bares o bien pedirlas con un buen albariño directamente en los establecimientos

Regresamos a el Grove. Por cierto es de los pocos hoteles donde vale la pena regresar a la hora de la comida pues tanto el servicio como el yantar eran notables. Un ejemplo de aperitivo incluido en el menú.

Por la tarde una experiencia magnífica a muy corta distancia de El Grove, La Lanzada.

Se trata de unas estupendas playas que rodean una península que conserva restos de la fortificación que hubo en ella.

Y la bonita ermita de Nuestra Señora de La Lanzada, obra del románico tardío.

Esta ermita forma parte de la Galicia más mágica. En ella tienen lugar desde tiempos ancestrales  rituales para la fecundidad relacionados con el oleaje y las fases lunares. Indudablemente una noche con luna, en el mar bajo esta ermita, tiene que ser forzosamente mágica.

El ritual continua al amanecer cuando para librarte de “meigallos” (embrujos o conjuros) hay que barrer la iglesia.

Quedan también en el lugar restos excavados de un antiguo castro y construcciones de época romana y paleocristiana.

Luego a Sanxenxo.

En su más popular playa, la de Silgar, había gente tomando el sol, lo cual a mediados de octubre no está mal.

Sobre una roca se levanta la mujer más popular de esta playa, “la Madama”, obra del escultor Alfonso Vilar Lamelas, que la donó a Sanxenxo en 1995. Simboliza el mar inspirado en al mitología céltica.

Y por la noche, en El Grove, un paseíto nocturno.

Con parada en la estatua del escultor Lucas Mínguez, dedicada a Floreano, popular personaje creado por Gogue,  el popular caricaturista nacido en el Grove y cuyas tiras cómicas de “El Faro de Vigo” son conocidas mundialmente.

Y a la Festa do Marisco.

Este día probamos las tapitas de la carpa institucional.

Y había que ir a Santiago. Obligatorio para cualquiera que llegue a Galicia aunque no haga el Camino.

Primero a la praça do Obradoiro.

Con el hostal Reyes Católicos.

Y la catedral.

La entrada a la catedral por Platerías

Así pudimos ver las portadas y sus espléndidos tímpanos románicos.

La catedral se iba llenando de gente esperando al misa de peregrinos.

Visita  rápida antes de la misa a la urna con las reliquias del Apóstol.

Y a la capilla de la Corticela.

A continuación un paseo alrededor de la catedral.

Hasta San Martín Pinario.

Pasando después por Fonseca y la calle Franco

hasta la Alameda.

Regreso por la calle Nova.

Con parada a admirar la portada de Santa María Salomé.

Y otra en Obradoiro en la del colegio de San Jerónimo.

Por San Francisco nos dirigimos a la parada del autocar y dejamos la rapidísima visita a Santiago.

A las afueras nos esperaba una mariscada, pero dado el resultado más vale olvidar por completo el local, el servicio y el “marisco”.

Subimos después al Monte de Gozo con sus recuerdos a los peregrinos.

Y a una tienda de degustación de quesos, chocolatinas y vinos, que en parte ayudaron a olvidar la comida.

Y adiós a Santiago.

Por la noche a lo de siempre, Festa del Marisco. y además acompañado con música.

Nos quedaba un día en El Grove y sin coger el autocar. Nos dimos un paseo por el pueblo

hasta el puente que comunica con al isla de La Toja.

La ría estaba preciosa.

Y La Toja con su balneario muy tranquilos, una vez acabada la temporada veraniega.

Hay rincones en La Toja con excelentes vistas.

Es muy popular entre los gallegos la ermita conocida como Nuestra Señora de las Conchas. Su atractivo radica en tener los muros exteriores completamente recubiertos de conchas.

El interior no ofrece nada particular de interés.

Si bien a un lado hay una imagen de San Caralampio, santo milagrero a quien se piden y agradecen todo tipo de favores. Siendo además patrón de los amantes del vino.


Pronto nos cansamos de La Toja y volvimos por el puente hacia El Grove.

La marea estaba baja y pudimos ver la dura tarea de las marisqueadoras.

En el puerto de El Grove cogimos un catamarán para dar una vuelta por la ría.

Nos centramos en ver las bateas donde se cultivan la ostra y el mejillón.

Y observamos de cerca el proceso.

También bajo las aguas al tener el catamarán el fondo de cristal.

Un atractivo no menor de la excursión es que te van ofreciendo mejillones, gambitas y albariño a discreción.

Con lo que el personal se va animando y la fiesta dura hasta regresar a puerto.

Y al atardecer de nuevo a la Festa do Marisco. Charlas de conocidos cocineros sobre la gastronomía gallega completan los actos.

Y como era nuestra despedida procuramos hacer honor a los animalitos con cáscara.

Por la noche, después de cenar, no podía faltar una queimada antes de dejar Galicia.

Era viernes y nos tocaba atravesar la frontera hacia Portugal. Pronto llegábamos a las murallas de Valença do Minho cuyo casco antiguo está dentro del recinto amurallado.


La puerta da Coroada da alternativamente paso a peatones y vehículos para acceder a la ciudad.

Las murallas son un buen lugar de paseo.

Pronto encontramos la iglesia de San Esteban.

Otra iglesia, la más interesante, es Nuestra Señora de los Ángeles, que conserva mucho de sus orígenes románicos.

Como la portada.

En el interior conviven el románico, el barroco y los típicos azulejos portugueses.

Volviendo a las murallas alcanzamos el mirador que dispone de muy buenas vistas sobre el Miño y sobre Tuy.

La calle principal está dedicada a las tiendas para turistas con poco más que ver, pero una puerta con el rótulo de Núcleo Museológico nos llamó la atención. En el interior destaca una gran colección de maquetas y miniaturas militares.

Pero también hay algunos relevantes restos arqueológicos como este ídolo céltico.

O este miliario romano.

Comimos en Valença (bacalao, naturalmente) y rumbo a Oporto.

Paramos justo en la Torre de los Clérigos, pero como ocurre en tantos otros lugares desde hace unos años hay que hacer cola aunque sea fuera de temporada.

Lo mismo ocurre con la librería Lello, que tiene fama de ser de las más bellas del mundo. Enormes colas y pagando para acceder a ella. Desde que se dice que allí se rodaron escenas de Harry Potter las visitas se han multiplicado pese a que no es cierto. La verdad es que la autora de Harry Potter vivió en Oporto y se cree que se inspiró en esta librería para describir la que aparece en las novelas. Si la afición que hay para estar en lugares míticos del cine o la novela existiese para leer, otro gallo nos cantara.

Cerca, pared contra pared están la iglesia del carmen y la del convento de los Carmelitas.

Ambas son muestra del recargado barroco portugués.

Dejamos la pintoresca zona en que estábamos para ir a la catedral.

A la llegada nos recibía la estatua de Vimara Peres, noble asturiano, que fue el primer gobernador del condado de Portugal en el año 868.

Frente a la fachada de la catedral se extiende una amplia plaza.

La centra un “pelourinho” (picota). En éste parece que nunca fue ajusticiado nadie y siempre ha tenido únicamente un papel decorativo.

Desde la plaza se dispone de buenas vistas sobre el Duero.

Después nos dispusimos a entrar en la catedral.

Lamentablemente el interior estaba en obras. Sus tres naves románicas cubiertas con bóveda de cañón solo eran visibles desde la entrada.

Entramos pues rápidamente a la parte de pago, claustro y museo.

La mejor perspectiva del claustro gótico es desde la planta superior.


En ese piso hay también magníficos azulejos.

El claustro está también afectado por obras de reforma y mantenimiento.

El museo está instalado en dependencias que comprenden diversas capillas de los más variados estilos.

Los vestuarios

y los objetos litúrgicos son lo más relevante del museo.

Frente al Chafariz do Anjo, junto a la catedral, tomamos el autocar

y dejamos Oporto.

Para ir a dormir en un hotel en Maia, ciudad muy cercana.

El sábado iniciábamos el regreso hacia España.

Durante el recorrido muchos bosques quemados, víctimas de los incendios que estos últimos años han asolado Portugal.

Y en España paramos en Ciudad-Rodrigo, fortificada y encerrada en sus murallas como tantos otros lugares fronterizos.

La catedral, iniciada en estilo románico y finalizada en pleno gótico, es el monumento más relevante de la ciudad.

De su poca original (siglo XII) son la portada de Amayuelas en el transepto norte de arco polilobulado.

Y la de las Cadenas con cinco figuras románicas encima, colocadas en el siglo XIX procedentes de otro lugar.

Para visitar el interior es necesario acceder por el museo. Pequeño y con escaso contenido, pero hay que justificar el cobro en lugares que en teoría son para rezar.

Algunas esculturas del siglo XIII destacan en él.

Y algunas objetos con esmaltes de la misma época como este báculo de la escuela de Limoges.

Del museo se pasa al claustro, construido entre el siglo XIV y el XVI y con muchos de sus capiteles decorados con representaciones vegetales y humanas.

Se accede a la catedral a través de una portada románica de cuatro arquivoltas sobre columnas con capiteles decorados con hojas de acanto.

La capilla Mayor, siglo XVI, es obra de Gil de Hontañón.

El coro de(1498-1502) de Rodrigo Alemán, que en las tallas muestra una gran variedad de imágenes satíricas o eróticas. Lástima que la premura de tiempo y un grupo en visita guiada que lo ocupaba nos impidieron verlas con detalle.

La portada del Perdón en el lado oeste es una obra ya gótica, de finales del XIII, pero que muchos ven inspirada en el Pórtico de la Gloria de Santiago.

Una estatua de la Virgen con el Niño centra el parteluz.

No pudiendo prolongar más la visita dejamos esta catedral, para nosotros hasta ahora desconocida, la dejamos en la agenda como pendiente de una visita más detenida.

Antes de dejar la ciudad echamos un vistazo a la pintoresca plaza del Buen Alcalde.

Y nos quedamos con las ganas de repetir.

Después hacia Salamanca. Dehesas y dehesas, toros y alguna piara.

Y llegamos a Alba de Tormes, donde nos recibía el río que adjetiva a la población.

Comimos y afortunadamente con toda la tarde por delante podíamos recorrer tranquilamente la villa.

Empezamos en la plaza, siempre animada y más en este caso en que estábamos en fiestas.

Muy cerca está el Museo Carmelitano. Dedicado fundamentalmente a Santa Teresa de Jesús en la ciudad donde falleció. Es una colección heterogénea de objetos con piezas renacentistas y barrocas de interés.

Hay bastantes pinturas sobre cobre.

Pero lo más relevante para los devotos de Santa Teresa es poder contemplar de cerca, por detrás del camerín de la iglesia donde se hallan, sus reliquias: el corazón y el brazo.

Luego dimos la vuelta para acceder a la iglesia.

Adjunto a la misma se ha recreado una celda como la que albergó a la Santa cuando falleció.

El interés turístico por por Santa Teresa hace que pase casi desapercibida la iglesia de San Juan, pese a estar en la misma plaza.

Es un interesante ejemplar del denominado románico-mudéjar, realizado en ladrillo. Desafortunadamente el ábside norte no es visible desde el exterior porque se construyó una vivienda que lo oculta.


Su interior, modificado en el siglo XV cuando sustituyeron los arcos de división entre las naves por dos grandes arcos escarzanos que soportan la cubierta de madera.

Lo más destacado es el Apostolado que preside el ábside central y la Virgen del mismo grupo adosada al muro.  Se supone que las figuras, de época tardorrománica y que conservan buena parte de su policromía, formaron parte de una portada desaparecida.

En pocos lugares puede disfrutarse de una obra similar a tan corta distancia y en un entorno similar.

De San Juan nos dirigimos por tranquilas y bonitas calles

hasta la iglesia de Santiago, la más antigua de Alba de Tormes y otra muestra del románico-mudéjar. En ella sobre un zócalo de piedra se levanta un único ábside de ladrillo, que con el tramo presbiterial que lo antecede es lo único conservado de la obra original.

Nos quedaba por ver le castillo de los Duques de Alba y allí fuimos pasando por la plaza de toros, cuyas calles aledañas se estaban preparando para el toro ensogado.

Del castillo de los Duques no queda gran cosa aparte de la torre, a la que puede subirse y contemplar buenas vistas de los alrededores.

Dormimos  a las afueras de Alba de Tormes y por la noche pudimos oír ulular el viento y repicar con fuerza la lluvia. Eran las consecuencias de los restos del huracán Leslie, que habían anunciado cruzaría la península.

El día siguiente fuimos a Salamanca. La temperatura había bajado considerablemente y el viento soplaba de los suyo.

La catedral visita imprescindible.

Pero poco tiempo para disfrutarla y encima con un airecillo…

Una ojeada a la Torre del gallo de la catedral vieja.

Otra a las portadas situadas al oeste.

Y a la puerta de Ramos, situada al norte.

Había que ver el famoso astronauta que un cantero esculpió durante la restauración de 1993 para dar un detalle de “modernidad”.

De la catedral al patio de las Escuelas Menores, donde estudiaban los aspirantes a Bachiller-. Allí no se notaba tanto el viento.

La mayoría de las dependencias que dan a este patio están dedicadas hoy a museo. Entramos en una de ellas a contemplar el Cielo de Salamanca, pintura mural de Fernando Gallego, que ocupaba inicialmente la biblioteca y cuyas partes salvadas del incendio del siglo XVIII cuando se descubrieron se trasladaron aquí.

En el patio de las Escuelas Mayores, centrado por la estatua de Fray Luís de León, ya no hacía tanto frío.

Y la gente pudo tomarse con calma descubrir la rana que hay en la espléndida portada plateresca.

El dicho unamuniano sigue vigente: “No es malo que vean la rana, sino que no vean más que la rana”

Pasamos por la casa de las Conchas.

Y por San Martín donde aún pudimos detenernos en su portada románica.

En la Plaza Mayor acabamos el recorrido salmantino.

A comer y vuelta a casa. Menos mal que el tiempo no fue tan malo como anunciaban durante el largo recorrido de regreso.

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